-¿Me estará engañando el olfato…? –preguntó Aedi tras pasar más de seis horas en silencio, montada detrás de Mine, mientras continuaban atravesando el pantano. –Huelo… algo delicioso a lo lejos…
Mine alzó la nariz, lo mismo que el guía de la expedición. La oculla no pareció notar nada pero lo que era Zenny, sí, que cogió las bridas de su caballo y lo guió con rapidez a través del fango que habían estado atravesando esos tres días. Y, para cuando quisieron darse cuenta, el suelo que pisaban ya no era el inestable y húmedo de todo ese tiempo olvidable sino un camino de grava endurecida, elevado y, lo mejor de todo, seco. Entre las brumas que les rodeaban, se podían avistar algunas luces a lo lejos, un alivio para los presentes que ya pensaban que tendrían que pasar la noche a la intemperie por tercera jornada consecutiva en ese hediondo pantano.
Se acabaron por perder cuando giraron hacia el norte para seguir una ruta algo menos húmeda que la del centro de Eque pero una tormenta les sorprendió por el camino. Podría sonar a mala suerte pero, lo cierto es que ese cambio de ruta les salvó la vida a cambio de retrasarles un poco: De haber estado más al sur, se habrían visto arrollados por las crecidas o se habrían retrasado lo suficiente como para verse privados de la mayor parte de sus suministros.
Por suerte, habían llegado a un pueblo, no sabían cuál pero, al menos, era uno en el que encontrarían habitaciones calientes y quizá algo más sabroso que las carnes de Eque. Por lo que respecta a Senishiro y a Aedi, eso era una panacea, mas para Mine resultaba algo menos agradable. Siempre había vivido bien lejos de toda clase de poblados. Si se había visto avocada a pasar una temporada en Naukon no fue porque quisiera y no se sintió precisamente cómoda una vez se encontró en medio de esa población.
-¡Vamos, vamos! ¡No pongas esa cara de funeral! –le dijo la chica que estaba a su espalda. –Ni que fuera la primera vez que ves un pueblo… ¡menuda cara de espanto me pones! –lo dijo con la expresión más jovial de su repertorio pero no podía saber cuánta razón tenían sus palabras. Senishiro sólo les dirigió una breve mirada y avanzó rápidamente hacia el interior de la aldea en busca de una posada o, al menos, de una casa que les acogiera en su pajar.
Al parecer, tuvieron mucha más suerte de la que pensaron en un principio: No estaban en un pueblo cualquiera sino en un embarcadero. Según la experiencia del hombre, estaban en la aldea de Arlio, un embarcadero bastante al norte. Siguiendo la corriente del río, había dos embarcaderos más antes de llegar a la capital de Niwort: Sterbo. Se habían desviado bastante pero aún así habían avanzado bastante en pos de su destino final en el desierto de Gentar. Con el atajo que se tomaron, seguro que habían dejado atrás a la mayoría de sus perseguidores y habían reducido el tiempo de camino en al menos tres días.
Senishiro, conociendo los recelos de la chica tribal respecto a ese pueblo, despachó pronto un acuerdo con el posadero y envió a la chica rápidamente hacia su habitación.
Una vez allá arriba, Mine ya se sintió más tranquila.
-Menuda reacción… –comentó Aedi que la había acompañado hasta allí. –Si allá abajo sólo había dos viejos y el posadero. No dan tanto miedo como para que salgas corriendo de esa manera.
-Son cosas mías… –replicó Mine en un hilo de voz: No era capaz de hacerse a la idea de que estaba en un ambiente totalmente ajeno a todo lo que había vivido hasta el momento. Una habitación tan cerrada como ésa sólo lograba ponerla más nerviosa. Por suerte, la presencia algo más familiar de Aedi la tranquilizaba lo suficiente como para evitar que abriera la ventana y saliera volando en dirección al bosque más cercano.
Aunque, igual de cierto era que no tenía el cuerpo para volar: Parecía que todo ese tiempo en el pantano le había afectado de verdad y sentía algunas náuseas. Aedi ya le había notado eso por la mañana y por ello le dio algunas medicinas para que pudiera soportar el viaje un día más pero los efectos habían pasado largo tiempo ha. Por eso, ni siquiera pensó en comer algo antes de dormir: Se fue directamente a la cama y se tapó con las mantas, esperando que el calor aliviara sus náuseas y mareos.
-No pareces muy hecha para viajar, parece –comentó su acompañante mientras se quitaba sus pesadas ropas de viaje para luego ir a encender un fuego en la pequeña chimenea de la habitación. –Ya te prepararé algo para que se te calme el estómago. Luego, trata de dormir. Con suerte, se te habrá pasado para cuando despiertes.
Mine apenas la escuchaba, sólo se concentraba en acomodarse lo más posible. Tras un rato de plácida duermevela, escuchó como Zenny entraba en la habitación. Había traído algo de comer y preguntó por Mine a lo que la dicharachera Aedi respondió escuetamente. Tras eso, sólo escuchó inconexos sonidos metálicos, como si Aedi estuviera sacando algo de su utillaje para calentar algo en la chimenea.
-Abre la boca –escuchó Mine al cabo de un rato. No se negó a su petición y al poco se encontró bebiendo una tisana que le relajó y alejó sus náuseas. Y tal fue su efecto, que antes de poder agradecer la bebida, ya se había quedado completamente dormida.
“¿Voy a explorar?”.
-No hace falta –replicó Senishiro en un susurro. –No te preocupes tanto: Antes de llegar aquí no había ni rastro de la Guardia de Dea. Si alguno hay de ellos por aquí, seguro que se trata de divisiones que no van a por nosotros.
“¿Debería ver el mapa?”.
-Me conozco Niwort casi como la palma de mi mano –el cazador comenzó a impacientarse. –Y el desierto no será problema mientras sepamos orientarnos.
“¿Voy a…?”.
-Dormir –demasiado cansado estaba para cualquier otra cosa. –Lo que haya que hablar, que sea mañana. Tú deberías estar tan fatigado como yo.
“Entendido”.
Cuando Zenny al fin se vio liberado de la tediosa conversación de su Sérem, se tapó y trató de acomodarse en su lecho. Sabía que no había ningún atacante en los alrededores por lo que lo mejor era relajarse ahora que podía: No sabía cuánta paz podría lograr una vez cruzara el río. Suponiendo que la Guardia de Dea aún los estuviera siguiendo, seguro que ya se habían hecho a la idea de hacia dónde iban más o menos. Por suerte para él, el punto de encuentro de los Ocullo era impreciso y carecía de un punto de referencia normal.
“En el cepillo de la rubia doncella”, ése era el lugar donde deberían reunirse. Mine sabía más de ese lugar que él, puesto que ella ya había estado allí al menos dos veces según sus propias palabras. Por su descripción, era una pequeña ruina justo en la frontera entre el desierto y el bosque, justo donde los árboles del bosque (el cepillo) entraban en el territorio seco del desierto (la rubia doncella). Con esas referencias, el cazador conocía unos cuantos espacios, aunque nunca encontró uno que hubiera llegado a ser morado por el hombre.
Prefirió dejar el asunto para el día siguiente. En esos momentos le apetecía más dormir. El silencio le ayudó a quedarse paulatinamente dormido. Pero justo antes de perder la conciencia, escuchó algo: En la habitación de al lado escuchó una conversación. Allí estaban Aedi y Mine. Parecía que la pequeña ya se encontraba mejor aunque lo débil de su voz le daba a entender que estaba peleando contra un sopor terrible para seguir la conversación de Aedi sin parecer descortés.
“Tan rematadamente educada que no es capaz de cortar una conversación por lo sano” pensó Zenny jocoso. “Esa niña necesita un poco más de fuerza para oponerse a Aedi”.
Se recostó como mejor supo mientras escuchaba las voces de Mine, cansada, y de Aedi, seria aunque relajada. Fuera lo que fuera, parecía que la joven médica quería satisfacer cierta curiosidad cuanto antes.
La noche pasó rápido para Senishiro que, por costumbre marcial, solía madrugar todos los días sin excepción. Al menos, esas seis horas de sueño en un lugar tan cálido como esa posada le habían hecho mucho bien y se despertó recuperado de la mayor parte de los rigores de su duro viaje.
Se levantó y salió a dar una vuelta para comprobar cómo estaba el percal en los alrededores. Esperaba que el desvío que tomó en Eque hubiera confundido aún más a la Guardia de Dea, por lo que no esperaba encontrarse a esa panda por allá. Sin embargo, sabía que ese ejército tenía divisiones repartidas por todo el territorio de Niwort y, teniendo en cuenta su proximidad a Sterbo, seguro que al menos se cruzarían con una patrulla o dos. Sólo rezaba para que esas tropas no hubieran sido informadas de la descripción de Mine o que no hubieran montado algún puesto de control en los caminos de Ro. Sólo le faltaba tener que despistar a esas tropas en esa zona, montañosa, compleja y terriblemente húmeda en esa época del año.
Tras salir en silencio por la puerta de la posada sin llamar la atención de los demás habitantes del edificio, comenzó a pasear por el pueblo anejo al embarcadero, ya comprobando los movimientos de las autoridades de la zona, ya buscando a gente dispuesta a llevarles al otro lado del río. A esas horas había poca gente caminando por el lugar, apenas un par de mercaderes que esperaban pacientemente a que la barcaza recién llegada desembarcara su cargamento para poder embarcar sus mercaderías rumbo a Sterbo. En cuanto a autoridades, Senishiro sólo encontró a tropas de mercenarios. Lo extraño, sin embargo, era la cantidad: Eran tres o cuatro veces más de lo normal en un pueblo de esas características. A lo mejor, en esos últimos días sí que se había perdido una guerra o similar.
Dispuesto a enterarse de qué estaba pasando, se acercó a los viajeros más cercanos que se encontró: Una joven buhonera pelirroja en un carro tirado por mulos y un joven de apariencia intelectual que parecía acompañarla.
-Disculpen ustedes… –Senishiro fue a preguntar si había pasado algo de gran revuelo pero la mujer le interrumpió:
-Los lenitas andan atacando por la zona -respondió ella antes de que Senishiro pudiera terminar su pregunta. -La invasión viene del sur así que te aconsejo que no vayas en esa dirección -y, sin añadir más, cerró la conversación con tono cortante. Su acompañante sólo supo asentir la cabeza en señal de saludo con gesto algo azorado y seguirla en dirección a la posada.
Lenitas… esa noticia no sonó bien en los oídos de Senishiro que, habiendo luchado en una compleja guerra civil, tuvo que lidiar más de una vez con los invasores extranjeros que aprovecharon la inestabilidad del país para meter baza. Si estaban en el sur y se dirigían a Sterbo, imaginó que también habría tropas preparadas más al norte para tomar la capital en una pinza. Pero no le preocupaba demasiado: Dea era y seguía siendo la oráculo de Niwort. Haría más de dos meses que se habría enterado de la invasión y lo tendría todo preparado para rechazarla. Aunque igual de evidente era que se le había ido un poco de las manos: Nunca ningún ejército había pasado más allá de Ro gracias a la efectiva guardia fronteriza, al desierto, a las montañas y al inestable clima de esta zona.
Zenny, preocupado, llamó a su Sérem a su brazo y, tras alzarlo, le ordenó mentalmente que explorara los alrededores en busca de posibles enemigos y, mientras se elevaba, se dirigió de vuelta a la posada para ir preparando el percal y partir en la dirección más segura. Con suerte, Mine ya estaría curada de su enfermedad y, si no estaba demasiado agotada del viaje, saldrían en ese mismo momento.
Cuando entró en su habitación, se encontró sólo a Mine que dormía como un muerto en su cama. Por mucho ruido que hizo y por más que la moviera, no se despertó. Pudiera ser que la medicina que le dio Aedi le hubiese causado efectos secundarios y que ahora estuviera completamente drogada.
Prefirió no exasperarse con ello: El Sérem no le había informado de ningún peligro aún, por lo que supuso que quien estuviera acechando los alrededores o estaba muy lejos o lo que veía Sérem no era calificado como posible peligro. Prefirió salir a buscar a Aedi para que le ayudara a despertar a Mine.
El posadero no le dio mucha información al respecto: Según él, Aedi había salido poco después de que Zenny se levantara en Dios sabe qué dirección. Sin un saludo y ni tan siquiera pedir nada para desayunar, se había marchado a toda prisa hacia el exterior, como si algo la acuciara.
Sin más pistas que eso, Zenny salió a ver si era capaz de encontrarla en las calles mientras el paseo del Sérem seguía sin novedad por la zona este del río Égera. Visto lo visto, se relajó un poco y buscó tranquilamente por el pueblo, como si ese ejercicio sólo le sirviera para ir con hambre a asaltar un generoso desayuno. Comprobó las puertas de Arlio donde los vigilantes le negaron que la chica hubiera pasado por ahí; el embarcadero, donde los pocos mercaderes que quedaban estaban preocupados más por cargar sus mercaderías que en ver a las chicas que pasaban por ahí; el bosque cercano donde no había más que una ermita y, finalmente, fue hacia el sur, a comprobar las orillas del río.
Y por fin la encontró: Aedi estaba recogiendo hierbas y musgos en una zona rocosa en la orilla del río. Cuando Senishiro se acercó, ella se dio cuenta casi en seguida de que estaba allí y se giró a saludarle tan alegre como era siempre.
-¿Preocupado por lo que me hubiera podido pasar? -preguntó ella con tono sarcástico.
-Sólo preocupado porque Mine no se levanta.
-Ésa se pasará grogui al menos dos horas más -rió la otra. -Lo que le metí en el cuerpo dejaría fuera de combate incluso a un oso. Me dijiste que la ayudara a descansar, ¿no?
-Como sea: Según lo que ocurra, puede que tengamos que marcharnos muy pronto de aquí, así que, si no te importa, ¿podrías despertarla?
-¿A qué vienen tantas prisas? -preguntó la otra extrañada, al tiempo que empaquetaba sus útiles y las muestras que había ido recogiendo. -Pensaba que os quedaríais un día más por aquí, para descansar de lo del pantano.
-Cuanto menos sepas, mejor -replicó Senishiro sin más. -Sólo diré que llevamos prisa.
-Como quieras -resopló ella al tiempo que bajaba de las rocas con la agilidad propia de su pequeño cuerpo. -Tal como hablas, casi parece que os estén persiguiendo o algo por el estilo… pero no creo que seas un hombre tan evidente -rió ella al tiempo que él trataba de ocultar su mueca incomoda. Mueca que se le borró cuando notó que Sérem había vuelto: No había visto nada digno de mención en su exploración de la orilla este del Égera. Un alivio a tener en cuenta, mas no perdió de vista todos los detalles comentados por su Sérem. Tras una larga relación de lo contemplado, detalles todos analizados fríamente por el cazador, envió a volar de nuevo a Sérem para que contemplara la orilla oeste: No podía estar completamente seguro de que los Lenitas no hubieran cruzado ya el río.
Aún así, ahora que iba a despertar a Mine, le preocupaba menos: Tan pronto como se levantara, cogerían la primera barcaza que encontraran al otro lado del ancho río Égera y se alejarían como alma que lleva el diablo de ese embarcadero.
Poco después de instalarse en una habitación de ese hostal, Keshat por fin pudo encontrar lugar donde reposar tras tanto tiempo sobre la superficie inestable de la barcaza. Como no llevaban prisa para llegar a Sterbo, ella y Baki acabaron por decidir desembarcar en la orilla oeste del río y seguir el resto del camino hacia la capital por tierra. Gracias a la barcaza, se habían ahorrado más de tres días de marcha y, por ello, se permitirían descansar en una cama decente.
Pero antes que el sueño, para Keshat primaba el hambre, así que, tras dejar a su compañero de viaje durmiendo en la habitación contigua, bajó al piso inferior para conseguir algo con lo que llenarse el estómago. Mientras el posadero le iba preparando algo sencillo, escuchó como alguien entraba en el edificio a toda prisa, hecho sin importancia de no ser porque una de las caras que vio le causaron una sensación de deja vu bastante poderosa. Sin embargo, nada más estuvo la comida sobre la mesa, se dispuso a comer sin dilación apartando cualquier otro pensamiento menos primario de su mente.
Si bien no se sentía especialmente cómoda en ese lugar, el ambiente le era agradable y tranquilo, como si el bosque que se encontraba hacia la salida del embarcadero estuviera a mucha menor distancia. Calor de la chimenea, comida deliciosa, un par de viejos que amenizaban la poca afluencia de gente y un clima que llamaba a descansar.
Una vez terminó, fue a su habitación mas, cuando subía las escaleras, uno de los que habían entrado poco antes, bajó a toda prisa, arco en mano, sin reparar en quién subía para salir fuera de la posada tal cual si alguien le persiguiera.
-¡A ver si miras por dónde andas, imbécil! -le gritó chabacana sin ocultar su enfado.
Mascullando quejas por el empujón, Keshat subió y se cruzó con la chica cuya cara antes la había extrañado tanto. Cruzaron miradas pero la otra no pareció alterarse lo más mínimo, como si no se conocieran de absolutamente nada. Keshat no le dio más importancia al asunto y fue hacia su habitación para dormir un buen rato antes de seguir su camino a la mañana siguiente. Apartó la manta de la cama, se quitó los zapatos y algo de su ropa, se retiró los pasadores de su pelo, se introdujo en la cama, reposó la cabeza sobre la almohada, se relajó de inmediato…
¡…y un terrible chillido la arrancó de su sueño!
De un salto se levantó de la cama tras escuchar ese chirrido brutal que hizo temblar hasta a las contraventanas.
Entre furiosa e intrigada, abrió la ventana, miró al exterior y vio como los mercenarios de la entrada del pueblo se habían movilizado en dirección al río, como si…
“¿Un ataque?” Keshat se arrepintió de inmediato de haberse quedado a descansar en ese pueblo. “Tal vez hubiera sido más prudente quedarse a dormir en los alrededores de Sterbo.” No se paró a arrepentirse y sencillamente se olvidó de la cama hasta que acabara con el verdadero problema: Había que huir del lugar o, en el caso de no poder, ayudar a repeler el ataque.
Cuando salió al pasillo, se cruzó con Baki que parecía llevar la misma dirección que ella. Sólo se cruzaron la mirada y ya sabían qué debían hacer. Una vez fuera de la posada, Baki, libro de hechizos en mano, fue al establo a coger su caballo y Keshat, en medio de un gran tumulto formado en medio de la calle principal del pueblo, se dirigió hacia el río, lugar del que todo el mundo huía despavorido.
Cuando llegó, se encontró con un frente de cientos de personas: Por un lado, los mercenarios que protegían la ciudad; por otro, los atacantes, lenitas a todas luces por sus indumentarias, túnicas ajustadas que cubrían fuertes corazas y más allá, en medio del río, decenas de extrañas embarcaciones que avanzaban a toda velocidad hacia la orilla del río que había al norte del pueblo. El río Égera era navegable, de fluir lento y casi lo único que se usaba por esos lares eran embarcaciones pesadas de remos. Pero esas embarcaciones lenitas eran finas, con velas y avanzaban a una velocidad endemoniada. Eran naves pequeñas y muchas de ellas llevaban adosadas ramas de árboles verdes, lo cual les habría permitido esconder su presencia en los márgenes boscosos del río… no hacía falta pararse a pensar que era terriblemente extraño que los lenitas tuvieran semejante equipamiento en una tierra que se suponía que les era hostil. Algún señor feudal traidor a Dea se había aliado con los lenitas, según parecía.
Suspiró agobiada tras ver el percal y se dirigió a toda prisa hacia la posada, lugar donde se encontraría con Baki. Pero, cuando llegó, no se lo encontró allí, es más, notó su presencia en la entrada del pueblo cuando vio como un relámpago se descargaba en esa zona con un gran estruendo. Los lenitas…
“…han rodeado el pueblo” el ojo de Dea completó el pensamiento de Keshat a la perfección. “Soy capaz de ver la situación desde aquí y veo que las cosas pintan peor de lo que había pensado en un primer momento” Dea parecía compungida pero, aún así, no abandonaba su tono confiado.
“¿No viste venir esto?” preguntó Keshat al tiempo que se dirigía a su carro.
“Soy capaz de vislumbrar trazas del futuro, no de verlo con todo lujo de detalles” bufó la otra. “Pero, visto que no puedes escapar, que eres una guerrera que puede con cientos de enemigos a la vez, que tu compañero es un más que respetable hechicero; que mis tropas se acercan al lugar y que tienes a mano mi poder… creo que podrás ayudar un poco a arreglar esta situación, ¿no crees?”
“¿Me estás pidiendo ayuda?” preguntó extrañada Keshat, tras arrancar una tabla en su carro que albergaba una lanza de mayor calidad que sus bastones. No se habría imaginado nunca a Dea pidiéndole favores.
“Ibas a ayudarme de todas maneras” replicó la otra con tono aún más confiado si cabe. “La única diferencia que podría haber entre que te avisara o no es que te informaré de la posición de todos los enemigos, podrás dar órdenes sobre mis soldados y podrás usar libremente el poder del “boliche” que llevas colgado de la cintura. Tú quieres salir viva de ese pueblo, yo quiero que protejas a la gente de ese pueblo y a las dos nos caen mal los lenitas: Creo yo que tenemos objetivos más o menos comunes”.
No iba desencaminada: A Keshat no le gustaban los lenitas ni las masacres. Si lo que pretendían los invasores era tomar ese embarcadero como base para lanzar un ataque sobre Sterbo, habían elegido un muy mal día para hacerlo. Con la lanza ya en sus manos, la buhonera vio como los soldados lenitas ya habían alcanzado esa zona del pueblo y revisaban el establo para ver qué monturas podían serles útiles. Pero lo único que encontraron fue una muerte que ni siquiera pudieron ver llegar…
Montado a caballo, con su libro de hechizos sobre la grupa de su montura, Baki se esforzaba en ir ejecutando los hechizos necesarios para expulsar a todos los invasores que había más allá de las puertas y muros de Arlio. Lo que comenzó siendo un continuo fluir de enemigos llegando a través de la puerta completamente destruida del pueblo se detuvo poco después de llegar él con sus ataques que eran capaces de derribar a tropas enteras. Entre temblores y rayos caídos desde ese cielo encapotado, había logrado contener el asalto junto a los treinta mercenarios que se había atrevido a quedarse a proteger el lugar junto a él. Pero, por muy valerosos que fueran ellos y por muy poderoso que fuese él, estaban ampliamente superados en número por los atacantes. Si bien poseía conocimientos abundantes de magia ofensiva, no tenía tanta idea de tácticas de combate. Sabía que si se quedaba como un pasmarote protegiendo esa puerta, los enemigos entrarían por algún otro lugar y entonces sí que se pondrían feas las cosas. Lo más inteligente sería ir a por el lugar por el que llegaban los enemigos a la puerta: Si fuese capaz de encontrar su base o campamento principal sí que podría hacer algo…
“¡Hey, sabiondo!” Baki se espantó al escuchar la voz de Keshat a pleno volumen dentro de su cabeza. “Ve al sur: A media legua está lo que buscas”.
-¿Keshat? -preguntó al aire Baki mirando en todas direcciones.
“¡Sabes perfectamente qué estoy haciendo así que ve para allá perdiendo culo a la de ya!” le exclamó aún más fuerte que antes, con su más que normal tono chabacano, dejando bien claro quién enviaba el mensaje. “¡Yo aquí ya tengo las manos llenas! ¡Te necesito donde más útil puedes ser así que ya vas marchando para allá!”
-Dilo más suave, por favor… -se quejó el Sapenta al tiempo que dirigía a su caballo hacia donde le indicaba la buhonera. -De todas maneras, con decirme eso no me dices…
“Es un regimiento de unos cuatrocientos soldados” aclaró Keshat. “En camino ya se encuentran más de la mitad mientras que en retaguardia está la maquinaria de combate y la caballería que la protege. Tan pronto como la infantería que se acerca tome la ciudad, cargarán esas máquinas a los barcos del río para intentar sitiar Sterbo y en el proceso no tendrán problemas con acabar con todos los habitantes de Arlio. ¿Queda claro lo que tienes que hacer?”
-…bastante… -no había manera de replicar a Keshat, parecía. Ya mientras le señalaba lo que ocurría, Baki estaba trazando los círculos y circuitos que ejecutarían los hechizos que le facilitarían un asalto por sorpresa a la infantería que se acercaba.
-¡Hey! ¿¡A dónde vas!? -exclamó uno de los mercenarios defensores.
-Si hay alguien que quiera seguirme, que lo haga -replicó Baki sin dejar de trazar precisas líneas en su libro. -Voy a atacar a los que se están acercando antes de que destruyan las murallas del pueblo. Si hay alguien que quiera ayudarme, será bienvenido.
No tuvo que añadir mucho más: Dos de los mercenarios que se encontraban allá, los únicos que aún poseían caballos, se unieron a él y se dirigieron hacia el sur, tal como había indicado Keshat.
Por el camino, Baki fue ejecutando varios hechizos que levantaron una espesa niebla a su alrededor y generó varios fuegos fatuos para distraer a la infantería a la que iban a atacar. Después de eso, creó varios buscadores de calor que le señalarían en cada momento dónde estaban sus enemigos y amigos. Gracias a este último hechizo, él y sus compañeros, sobre la pantalla blanca de vapor de agua, vieron varios puntos rojos que mostraban claramente dónde y a qué distancia estaban sus enemigos.
Tras cerciorarse uno de los mercenarios (aparentemente un oficial) de que el ataque de frente no era la mejor opción, acordaron todos en atacar por la retaguardia o por un flanco para, al menos, dividir el grupo y confundir a las tropas ya confundidas de por sí a causa de la niebla.
Tras un pequeño análisis de la situación, los tres hombres acordaron separarse, vista la presencia de al menos tres hechiceros en el centro de la formación en rombo. Según parecía, por culpa de los hechizos de la tercera vía lanzados por Baki, se habían dado cuenta de a quien se enfrentaban así que ya habían empezado a generar vientos que alejaban las brumas. Pero, aunque fueran tres, eso no quitaba que Baki fuese un especialista en su campo: Antes que pudieran generar una ventolera lo suficientemente poderosa como para borrar todo el blanco del ambiente, él cerró un circuito de la primera vía: Provocó un fuerte terremoto que sacudió el centro de la formación, causando que las tropas más adelantadas se separaran del grupo quedándose a merced de los dos mercenarios que asaltaron en el mismo momento en el que los demás cayeron al suelo.
Mientras los dos compañeros de Baki sembraban aún más confusión, separando más si cabe a las tropas, sin dejarles tiempo ni a comprobar cuántos enemigos les atacaban, Baki terminó de cerrar el más complejo de los circuitos de la tercera vía que tenía preparados y vio como la niebla del lugar comenzó a alzarse hacia el cielo. Cuanto tenía que hacer en ese momento era esperar y contener a los enemigos para evitar que se alejaran demasiado de su ámbito de acción, ergo, azuzó a su caballo y se lanzó contra los enemigos mientras cerraba siete circuitos más que lo protegerían contra posibles ataques, ya fuesen flechas, saetas, lanzas, cortes y hechizos, así como protecciones diversas para su caballo. De paso, invocó una pica para abrirse paso y seguir sembrando la confusión junto a los mercenarios mientras, en el cielo, las brumas se habían acumulado en una negrísima y alta nube en cuyo interior se comenzaba a gestar una señora tormenta. No tardó en acabar con uno de los hechiceros de la tropa, sin importar que todos los arqueros que lo protegían descargaran sus karkaj sobre él: Todas las fechas se desviaban nada más se acercaban a él, así como las picas que clavaban en el suelo, se astillaban nada más contactar con la endurecida piel de su caballo.
“¡Le estás echando agallas!”comentó Keshat desde el pueblo.”¡Cualquiera diría que no es la primera vez que peleas!”
-¡No me distraigas ahora! -se quejó Baki al tiempo que ejecutaba otro hechizo sobre el segundo mago del grupo: Le lanzó su pica, que se clavó a pocos metros de sus pies, giró a su caballo y lo hizo romper a correr a toda velocidad mientras cerraba un circuito de la primera vía. Todo ser vivo que tuvo la desgracia de encontrarse en los quince metros alrededor de la pica que había arrojado Baki fue empalado por largas estalagmitas de piedra que surgieron del suelo.
-¡Nos retiramos! -gritó Baki a sus dos compañeros que seguían peleando con arrojo en la zona frontal. Éstos no le discutieron, visto que los presentes comenzaban a reagruparse alrededor de sus mandos.
Los tres jinetes se alejaron a toda velocidad mientras las nubes del cielo comenzaban a rugir nerviosas, mostrando unas luces preocupantes.
El hechicero enemigo que quedaba comenzó a conjurar algo que Baki no acertó a ver. Parecía furioso, dados sus movimientos exagerados y su respiración incontrolada, ajeno a lo que se cernía sobre sus cabezas. No tardó en completar su circuito mágico.
Pero ya era tarde.
Un brutal rayo, que iluminó esa mañana con una poderosa luz blanca, cayó sobre el las tropas que quedaban al tiempo que rompía a llover sobre ellos. Los que sobrevivieron, envidiaron a los muertos cuando vieron que esa tormenta de rayos no acababa, masacrando a todos los que seguían en pie.
Los mercenarios contemplaron entre espantados y alborozados cómo se habían hecho con la victoria en menos de cinco minutos. Y con todo su respeto, miraron a Baki que, agotado, trataba de recuperar el aire tras haber usado su cuerpo como vehículo para dirigir tan poderosas fuerzas tantas veces seguidas.
“Me sé de uno que hoy va a dormir a gusto” comentó Keshat, testigo ajena a la batalla que acababa de librar su compañero, desde Arlio. “Con esto has detenido la ofensiva durante un buen rato. Descansa una media hora, que te lo mereces, y luego ve a por lo que queda, que me parece que esto va para largo…”
No hacía falta que Keshat le diera permiso: Baki ya se había quedado dormido sobre la grupa de su corcel.
“Y yo que dejé de ser soldado para evitar meterme en esta clase de fregados…” se dijo Senishiro mientras planeaba a toda velocidad a pocos centímetros por encima del agua gracias a que su Sérem lo sostenía, atacando a los barcos con toda su pericia mientras esquivaba una lluvia de flechas que le llegaban casi desde trescientos sesenta grados a su alrededor al mismo tiempo. Era una estampa curiosa: Parecería que quien más debía preocupar a los lenitas eran las defensas montadas improvisadamente en el embarcadero, ya mayormente superadas y sólo mantenidas por unos pocos valientes guerreros. Pero no: Su mayor problema estaba entre ellos, escabulléndose entre barcos, saltando por encima de las bordas y acabando con los mandos de las naves para evitar que, en lo posible, supieran qué estaba pasando.
Por la información dada por su Sérem, debería haber una nave insignia entre esos centenares de barcos pero, en la confusión, la había perdido de vista y no tenía demasiados datos acerca de su localización. Aún así, al cazador le bastaba saber que había un mando centralizado por allí. Si las tropas veían que perdían su dirección general, tomar el pueblo no tendría demasiado sentido pues no sabrían que hacer con él después de tomarlo. Y, conociendo las costumbres lenitas, no habría escalas definidas a gran escala sino un sólo general directamente nombrado por el emperador de Leno y una enorme plétora de mandos menores igualados en poder. Si había tropas en tierra (su intuición se lo hacía sospechar de manera indecible), tal vez hubiera otro. Pero no era momento de pensar en eso: Entre batallitas varias y cientos de flechas lanzadas, había pasado entre más de ochenta naves y ninguna de ellas era la que buscaba. Por el momento, se las había logrado arreglar para acabar con más de treinta hechiceros, probablemente los atacantes más peligrosos para su persona. Quizá por influencia de su Sérem atraía los hechizos como los imanes al hierro.
Se dio cuenta, al cabo de un buen rato, que, dado que sólo era un atacante peligroso en medio de todos esos enemigos, éstos habían decidido ignorarlo para aprovechar todas las fuerzas supervivientes en atacar el embarcadero. Con el grueso de ese ejército oculto entre las callejas del pueblo ya resultaría complicado para alguien como él, que peleaba mejor en espacios abiertos, hacerse con la iniciativa. Era como si lo estuvieran desafiando a un duelo en la nave insignia.
Y acertó: No tardó en dejarse ver, separada del resto, un barco más grande que el resto, con señas algo diferentes, banderas y algunos adornos que daban a entender la importancia de quien iba a bordo. Pero, aún así, Zenny no se dejó embaucar: Esa táctica le olía a podrido por todas partes. Antes de lanzarse ciegamente al ataque, acabó con los doce ocupantes de una nave en la retaguardia y, oculto entre cadáveres y suministros, envió a su Sérem a comprobar el contenido de la nave insignia.
Sus ojos que podían ver más allá de sí mismo le mostraron justo lo que pensaba que encontraría: No había ningún alto mando entre los más de cinco hechiceros que tenían preparados no circuitos mágicos, sino rituales enteros para acabar con cualquier chalado que estuviera a veinte metros del barco. Ya advertido del peligro, envió a su Sérem hacia los barcos que poco antes habían estado pegados a la nave más importante de esa flota y comprobó hasta el último uniforme y seña distintiva.
“¡Bingo!” se dijo alegremente al tiempo que preparaba una flecha en su arco: El general de la tropa había sido muy inteligente a la hora de disfrazarse de soldado raso, pero la diadema que rodeaba su cabeza, la piedra azul que dominaba su frente, era señal inequívoca de que era un enviado directo del emperador.
Zenny llamó a su Sérem hacia la flecha que acababa de preparar, le indicó a quién quería matar y soltó la cuerda del arco. La flecha voló, trazó un giro poco natural en medio del aire y cayó verticalmente sobre uno de los barcos. Y un nuevo cadáver sembró el pánico entre todos sus guardaespaldas.
Ya con la situación más controlada, Zenny se sentó a descansar en ese barco abandonado por las demás fuerzas enemigas. Pero su descanso fue breve: Su Sérem tembló con terror al notar algo que el cazador no comprendía pero que no podía ser más que su protegida. Ya había pasado más de media hora desde que se metiera entre los barcos y ahora casi toda la ofensiva se había concentrado en el embarcadero, tal como había predicho. Pero no había cundido la confusión como había pensado. En el peor de los casos ya habrían atravesado las precarias defensas del embarcadero de Arlio. Y en ese caso, lo tenía crudo.
Llamó a su Sérem a su espalda y se lanzó al agua para volver a toda prisa al embarcadero mientras, entre barco y barco, se iba pertrechando de flechas a dos manos. Tal como estaban las cosas, las iba a necesitar.
En el embarcadero de Arlio había nacido una nueva leyenda, la de una guerrera imbatible que peleaba de igual a igual con más de cuarenta hombres a la vez sin esfuerzo aparente a pesar de la cantidad de heridas que habían teñido de rojo sus ropas. Una mujer de cabellos rojos como el fuego que avanzaba entre cadáveres enemigos mientras enarbolaba una lanza con la que había acabado con centenares de adversarios sin importar cuántos golpes, cortes y flechas la alcanzaran. Esa bestia dirigía a sus más débiles tropas hacia un combate de dimensiones grotescas: Ciento diez hombres y su guerrera más poderosa contra los más de tres mil invasores lenitas. Lo que parecía ser una pared de papel frente a una marea era una brutalidad sin límite aparente. Los lenitas no podían avanzar y tenían que pelear lo indecible, dar todas sus fuerzas, pasar sobre los cadáveres de los suyos y sudar sangre, ¡para ganar un par de centímetros!
Keshat no medía sus fuerzas: Ahora que el poder de Dea fluía a través del Ojo hacia ella, no se sentía siquiera limitada por su propio cuerpo: Muchos de sus enemigos ni siquiera habían llegado a tocar la punta de su lanza cuando ya habían sido abiertos en canal por alguna extraña fuerza de origen desconocido. Fuerza, velocidad, resistencia, aguante, moral… todo ello se le había visto multiplicado por más de veinte. Ahora, una simple buhonera parecía un auténtico monstruo que mantenía a raya a todo guerrero al que se le ocurriera llegar al centro de pueblo por la calle principal. Sus compañeros de batalla, los mercenarios del pueblo, daban todo cuanto podían en las aledañas pero, poco a poco, su resistencia iba siendo vencida.
El combate se alargaba y entre los suyos empezó a cundir el cansancio. No importaba cuán bien equipados estuvieran: Seguían siendo humanos y carecían del poder que tenía ella.
“Maulster se acerca. Debe estar a menos de cuatro minutos de donde estás” informó Dea a Keshat tras más de tres cuartos de hora de combate. “Cuando veas una gran llamarada sabrás que es él. Al chico le gusta llamar la atención…” Dea hablaba con familiaridad pero, de fondo, se le notaba cierto cansancio. Usar el Ojo acababa afectando remotamente a su antigua dueña. Aún así, tal como estaban las cosas no podía permitirse el lujo de reducir su ritmo de ataque, al menos, hasta que los refuerzos llegaran.
Unos refuerzos que aparecieron por donde menos se lo esperó: Justo en medio del pueblo, una columna de llamas hizo acto de presencia destruyendo los edificios frente a la posada en la que poco antes se había intentado hospedar Keshat.
“¿Maulster siempre da la nota de esta manera?” preguntó Keshat extrañada por el comportamiento aparentemente caprichoso de la ola de fuego que se había producido en Arlio.
“…pero si Maulster aún no está allí…” Dea parecía extrañada. Keshat, que compartía parte de su visión gracias al ojo pudo llegar a apreciar algo de lo que pudo llegar a ver: Fuera lo que fuese “eso”, no se parecía en nada al hombre de apariencia fuerte que había visto en el desierto varios días atrás y, menos aún, a un hechicero experimentado. Entre las llamas que la rodeaban, había una chica, casi adolescente, con la ropa rota y medio quemada a la que las llamas evitaban y que, con una sola mirada de sus ojos color escarlata rodeados por trazos negros, como si fuesen raíces que se clavaban en sus mejillas, vaporizaba a cualquier persona que se cruzara en su camino.
“…pero…” Keshat se quedó parada en medio de la batalla cuando, en su ojo izquierdo, contempló de cerca esa cara. Ella conocía de antes ese rostro… “¡Dea! ¡Esto va a dolerte!” le gritó a quien le daba sus fuerzas.
Antes de que la regente de Niwort pudiera replicar nada, Keshat generó una onda de choque que expulsó a cientos de asaltantes de vuelta al río. Aprovechando la oportunidad y dejando medio mareada a Dea por la absorción que acababa de provocar, se dirigió a la plaza del pueblo en la que podía ver cómo esa chica, que días atrás había salvado de la Guardia de Dea, atacaba sin distinguir a amigos de enemigos.
Por la manera en la que se movía, daba a entender que no andaba muy fina: Miraba en todas direcciones, nerviosa, sin pararse siquiera a respirar. Cuanto individuo se cruzara con sus ojos, se inflamaba con enorme potencia, generando una llama casi blanca que reducía a cenizas cualquier cuerpo. Pero eso no amedrentó a Keshat: Aún pensando que estuviera aterrorizada y que por ello atacaba sin razón alguna, estaba atacando a inocentes sin distinguir nada. Habría que inmovilizarla y, si era posible, dejarla fuera de combate.
Keshat sacó unas cuantas semillas de una de sus bolsas y buscó una en concreto. Tras eso, se la metió en la boca, la escupió y se hizo una pequeña herida en la mano izquierda, lugar donde colocó la semilla. No pasaron ni tres segundos antes de que la pequeña planta hubiera germinado alimentándose de la fértil sangre de la buhonera. Mientras crecía una pequeña zarza venenosa, Keshat no perdió el tiempo y se lanzó al ataque.
La chica no tardó en darse cuenta de que Keshat se le acercaba con ánimos ofensivos y, como a todos los demás, le dirigió su mirada incandescente, sus ojos rojos que, de inmediato, la rodearon de llamas. Pero la joven no contaba con el apoyo que tenía Keshat colgado de una de sus muñecas: El Ojo de Dea expulsó las llamas con suma efectividad y el círculo incandescente no llegó a cerrarse. La niña sólo aparentó sorprenderse durante un par de segundos en los que reculó la evitar un golpe en el estómago. Pero, justo cuando Keshat iba a atacar con su mano izquierda, con la zarza venenosa que dejaría fuera de combate a la niña con un simple roce, notó cómo un ataque imprevisto le llegaba por un costado: Una flecha pasó justo delante de sus ojos.
Eso era raro: Desde hacía casi una hora había notado hasta el último proyectil que apuntaba hacia ella y, sin embargo, éste no lo vio justo hasta el final… de hecho, ¡se estaba dando la vuelta!
Por un pelo esquivó el segundo embate de la flecha, la cual se clavó en el suelo y por otro pelo aún más fino, evito una llamarada directa de la chica. Quiso responder a quien le había disparado antes de que las cosas fuesen a peor. Pero fue el arquero quien llegó antes a ella: No pudo verle ni llegar, el cazador que antes la había molestado en las escaleras de la posada estaba justo a medio metro de ella, en su costado izquierdo avanzando a una velocidad indecible hacia la chica de ojos rojos. Cuando se dio cuenta, el terrible calor del ambiente desapareció y, cuando acertó a girarse, el hombre y la chica habían desaparecido. Los buscó extrañada, usando todas las posibilidades del Ojo de Dea y logró verlos tras una larga búsqueda: Estaban sobre el río, no en un barco sino corriendo sobre las aguas. El hombre huía a la desesperada mientras llevaba a la joven, inconsciente en brazos.
“Pensó que querías matarla y te detuvo…” comentó Dea desde su posición. “Te has cruzado con un par de sujetos de lo más interesante” las palabras de Dea reflejaban tanto curiosidad como una nota de preocupación, como si supiera de primera mano quiénes eran esos dos.
Pero en ese momento, no era eso lo que preocupaba a Keshat: Sin la loca de los ojos rojos por allá podría dedicarse a acabar con los pocos enemigos que aún insistían en tomar Arlio. Máxime cuando otra llamarada, ésta de menor tamaño, se vio venir desde el río: Maulster ya había llegado.
Nuevo episodio de Iris, entregado justo un día después de la floja entrega de ayer. Y, con esto, una nueva entrega del glosario de Iris:
Acerca de los hechiceros:
- Libro de hechizos: Normalmente son de pergamino. Hechiceros profesionales suelen usar libros de papel para hacer entrega de encantamientos preparados a sus clientes. El material del libro, normalmente, no influye en la potencia o la efectividad de la magia que se activa mediante la inscripción de circuitos sobre sus páginas.
- Circuito: La interaccción con las vías se logra mediante diversos métodos siendo el contacto mediante circuitos mágicos el más utilizado. Cuanto más complejo sea el diagrama y la llamada al poder que reside en las vías, mayor será el efecto del hechizo lanzado, siempre y cuando haya sido elaborado con la precisión necesaria. Las vías no son una ciencia exacta pero requieren de enorme exactitud a la hora de reclamar su poder.
- Ritual: Clase de circuito de alto nivel en el que participa más de un hechicero. Suelen ser hechizos tan destructivos o con efectos tan desequilibrantes de la realidad que suelen estar prohibidos por la mayor parte de los gremios de magos y hechiceros. Sólo grandes mandatarios se pueden permitir “bulas” o permisos para poder usar semejantes poderes a su favor aunque sigue siendo un privilegio caro de comprar.
- Acceso: Método para acceder a las vías más arcaico y lento. Se accede “directamente” a la vía, normalmente por vía onírica, para invocar el poder de las vías. Los resultados, a causa del método utilizado (nada hay más inestable que usar la subjetividad humana como método de acceso), tienden a ser más imprevisibles cuanto más complejo es el resultado que se pretende. El uso de la octava vía (espacio) y de la décimo quinta vía (interior) permiten un acceso más seguro aunque igualmente lento.
- Sapenta Somne: Sapentas completamente dedicados a la investigación y descubrimiento de nuevas vías. Su dedicación es casi monacal y sus métodos algo radicales porque, aparte de un estricto ascetismo utilizan gran cantidad de drogas que les inducen sueños y somnolencia casi permanentes. Pocos alcanzan la gloria y muchos quedan por el camino a causa de la toxicidad de las sustancias que utilizan para acceder a los viajes astrales que les muestran la verdad de la realidad más allá de la percepción material.
Un gran templo dedicado al cuidado y mantenimiento de los Sapenta Somne se encuentra en las cercanías de Pleute, lugar donde crecen gran cantidad de plantas y en la que se pueden encontrar sustancias que les permiten fabricar las drogas que requieren.
Espero que este capítulo, así como este corto glosario os haya resultado de interés.
Hasta más leer.
Recordad que felices podemos ser todo el año.
Escuchando: Super Mario World – Castle Theme
Ilustración: Kaoru-Okino (realmente me sorprendió llegar a ver como alguien externo dibujó algo acerca de Iris)
