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-Se hace tarde y no tengo tiempo que perder. Vámonos.

Dicho y hecho. Cuando Fran hablaba, todos asentíamos. Sus decisiones eran nuestras decisiones, y cualquier atisbo de crítica se perdía en la vorágine de miedo que nos encadenaba a él. Por supuesto, había excepciones. Una de ellas era Marga, sobre todo si estaba de caballo hasta las cejas.

-No, no, no… No se dice vámonos. Eso no existe.

-¿Ah, no? – replicó indiferente Fran.

-Pues no, ¡nada de eso! Se dice… se dice… ¡se dice vayámonos!

Y entonces rompió a reír. Sus carcajadas resonaron por los tugurios que adornaban la callejuela roñosa que atravesábamos. Una gitana sucia y arrugada como una pasa se contagió de la algarabía: mientras se daba palmadas en las rodillas, dejó escapar varios graznidos desdentados que (supuse) eran risas. Cuando nos alejamos, pudimos oír cómo nos dedicaba un grito: “¡Mira como ze dezcojona la yonqui de mierda! ¡Vete a tu pizito de niña rica!”. Al girarme con la intención de contestar a su brillante piropo, había desaparecido. “Como tantas otras cosas” susurré.

-¿Decías algo, Jaimito? -me preguntó Fran. Al parecer, las correcciones léxicas de Marga le importaban un pimiento.

- No, nada, nada.

-¿Le has dado algo de más a Marga? No tiene buena cara. Por tu bien espero que no se te pase por la cabeza dejarle fumar aquello que te di. ¡Mierda de la buena!, ¿eh? -puntualizó al mismo tiempo que me pegaba un manotazo en la espalda.

Esa “mierda de la buena” lo era en su sentido más literal. Y sí, le había dejado probarla. Para bien o para mal, Marga era mi novia. Por el aspecto que tenía, mucho me temía que era para mal. Había dejado de reírse y se apoyaba en una farola estropeada; bajo aquella tenue luz, su rostro estaba mortalmente pálido. Lo más preocupante, sin embargo, era la sangre fresca que le caía por la comisura de los labios. Eso no era por fumar.

-Tienes razón, Fran. Creo que está a punto de desmayarse.

Pero Fran no me escuchaba. Se había ido a una esquina, a trapichear con un niñato que no debía alcanzar los quince. Carne fresca, supongo. Me fui hacia la farola, mientras Marga se dejaba caer en la acera. Aunque débil, aún estaba perfectamente consciente. La farola le servía de banco improvisado.

-¿Te encuentras bien, Marga?

-Mejor que bien, bicho – me contestó sin levantar la mirada.

-No lo parece. Te sale sangre por la nariz. Creo que esta noche te has pasado un poco. Quizá deberíamos olvidarnos de Fran, ¿no crees? ¡Fran!, ¡oye, Fran! -empecé a gritarle a nuestro idolatrado camello, -¡a Marga le sale mucha sangre por la nariz! ¡Deja a ese chaval en paz y ven a echarme un cable!

- Ahhh… eres un cielo, bicho, pero no hace falta. Te digo que estoy bien.

Fran se volvió a regañadientes, pero claramente preocupado. Lo que le había dicho solía ser sinónimo de problemas, pero desde aquella distancia no podía saber su auténtico alcance. No le quedó más remedio que dejar al chavalín y acercarse hasta la farola. El crío nos miraba intrigado.

-A ver, ¿qué pasa? Yo la veo muy entera.

-¿Muy entera? ¡Pero qué dices! ¿Es que no ves la sangre que…?

Marga se había levantado. Mientras pedía ayuda, le había dado tiempo, además, de limpiarse la sangre de la boca. Para más inri, ni siquiera estaba pálida. De hecho, parecía muy entera.

-¡Joder, Marga! ¡No me asustes así! ¿Cómo has hecho eso?

-¿Cómo he hecho qué? -me preguntó confusa.

-Ya sabes, levantarte, quitarte la sangre y dejar de estar más pálida que un muerto, ¡todo de una!

Marga se quedó en silencio, con el ceño fruncido. Decidió ignorarme. La cosa no pintaba nada bien. Tratando de escurrir el bulto, le dije a Fran que me había “rayado”, que se fuera a terminar de trapichear con el criajo al que había dejado a medias.

-¿Criajo? ¿Pero qué dices, Jaimito?

-Sí, el niño ese al que le estabas vendiendo… -le señalé la esquina de la que había venido.

Pero allí no había nadie. El corazón me dio un brinco. Estaba sucediendo otra vez.

-Creo que necesito dormir. Ha sido un día muy largo.

-Pues es una pena: tenía más planes para lo que queda de noche -me replicó Fran mirando de reojo a Marga. -¿No queríais tener suficiente para toda la semana?

¿Cómo habíamos llegado hasta este punto? Marga miraba al suelo, a medio camino entre la vergüenza y la resignación. Dijera lo que dijera, no iba a convencerla. Pero esta noche, al menos, no estaría en la habitación de al lado.

-Que Marga haga lo que le dé la gana. Yo me voy a casa. Ya he tenido bastante… de hecho, creo que voy a pasar de ti una buena temporada.

-¡Claro, claro, Jaimito! ¡Como siempre! ¿Tú que dices, profesora de lengua? ¿Te vienes a mi casa?

Ella asintió, pausadamente, como si quisiera alargar el momento. ¿Dónde estaba su mala leche? ¿De vacaciones con su orgullo?

-Pues ya está todo dicho. Jaimito se va a su casita a tomarse el colacao y los mayores vamos a divertirnos, ¿eh, Margarita? -dijo Fran con una sonrisa de oreja a oreja, mientras agarraba a mi novia por la cintura.

No quería pasar un solo segundo más en aquel lugar, así que me largué sin mediar palabra. Mis pasos eran cortos pero muy rápidos, por lo que no tardé demasiado en alejarme. De pronto, caí en la cuenta de que Marga tenía las llaves de casa: se las había dado al salir para que no me bailaran en los bolsillos.

Me giré y di un silbido. Fran y Marga habían dejado la luz de la farola y se perdían en la oscuridad de la avenida. Reaccionaron ante mi llamada moviendo los brazos. Me metí la mano en uno de los bolsillos, con la esperanza de que entendiese mi gesto. Para mi sorpresa, las llaves estaban allí, jugueteando con mis dedos. La memoria, ¿me había jugado una mala pasada? Me quedé paralizado, con una mano levantada y la otra en el interior del bolsillo. Mis dos compañeros de juerga, por supuesto, no entendían lo que estaba pasando. Maldita sea: recordaba perfectamente el momento en el que Marga se había guardado las llaves en el bolso. ¿Cómo era que ahora las tenía yo? Obviamente, estaba en un estado lamentable. Era necesario que llegara a casa lo antes posible, así que me di la vuelta y salí corriendo. A la mierda con esos dos.

Por el camino, una imagen recurrente no cejaba en su empeño de amargarme. Y no, no tenía nada que ver con Marga y lo que iba a suceder en casa de Fran. Era el último instante que había percibido justo antes de salir corriendo hacia mi casa, la última imagen de Fran y Marga mirándome confusos. Quizá se debiera a la falta de luz, o a la toxicidad que supuraba mi cuerpo, quién sabe. La cuestión es que iban descalzos. Pero eso no tenía ningún sentido. ¿Por qué iban a descalzarse para ir por la calle? Definitivamente, mis alucinaciones eran cosa de las drogas.

Una vez frente al portal de mi casa, suspiré profundamente. “¡Menuda tontería! Marga ni siquiera se ducha sin sus zapatos. Es tan improbable como que ahora mismo yo también estuviera descalzo.” Mientras hacía esas cábalas, me miré los pies. Y efectivamente, los vi. Mis zapatillas habían desaparecido, los fríos azulejos del portal me quemaban la piel.

Pero lo peor de todo, es que estaba desnudo.

*

-¡Aiaaaaaaaaaah!

El grito de Elena invadió cada rincón de la casa. El estruendo fue tal que Marco, el periquito del salón, cayó fulminado por el susto. A Jaime le pareció que había muerto, y una rabia incontenible le coloreó las mejillas. Esta vez, su hermana había ido demasiado lejos.

-¡Has matado a Marco! ¡Le has asesinado con tus gritos de mona!

-¡Se lo merece, por pasarse el día cagando y repitiendo las palabrotas que le enseñas! -le replicó Elena orgullosa.

Emilia, la madre de los chicos, apareció de repente en el recibidor. Sin llegar a entrar al salón, y levantando nerviosamente la mano, aseveró:

-Si no estáis calladitos en lo que queda de tarde, vuestro padre os va a quitar la paga semanal. ¡Con el escándalo que estáis armando no le dejáis trabajar!

A pesar de que la última palabra la dijo sin apenas resuello, el efecto fue inmediato. Marco volvió a su milimétrico balancín y Jaime respiró tranquilo. “Será mejor que deje de estirarle las coletas a Elena. Otro grito como ése y tendré que pedirle a papá un perro” pensó mientras le dedicaba una mirada de pueril inocencia a su madre.

Elena, por su parte, se sentó malhumorada frente a la ventana. Sabía que cuando el “trabajo” de su padre entraba en escena, no había lugar para la discusión. Poco importaba que la causa del escándalo fuese la violencia injustificada de su hermano: no la iban a escuchar.

Al mismo tiempo que su madre desaparecía de nuevo por la puerta principal, dejó escapar una advertencia apresurada:

-¡Nada de gritos o seré yo misma la que os quite la paga de esta semana!

Pero la naturaleza de los niños es caprichosa. Resentida por la indiferencia de su madre y los insultos de su hermano, Elena se le acercó subrepticiamente por la espalda. Ocupado como estaba analizando el comportamiento de su mascota alada, no podía intuir lo que se le venía encima.

Otra tormenta de golpes y chillidos se avecinaba.

*

El frío invernal me golpeó el cuerpo desnudo sin contemplaciones. Ya no estaba nervioso sino asustado. El corazón me bombeaba tan deprisa que sus latidos se confundían con mis convulsiones. ¿Dónde cojones estaba mi ropa? ¿Por qué no me había dado cuenta hasta ese momento? ¿Había pasado toda la noche desnudo?

Pero las preguntas caían en saco roto. Es lo que suele pasar cuando más de veinte problemas de distinta naturaleza requieren solución inmediata: trataba de abrir la puerta con unas llaves que se habían desplazado mágicamente desde el bolso de mi (en teoría) novia, a la vez que una imagen surrealista de mis amigos sin zapatos ocupaba toda mi mente y, en consecuencia, me impedía hallar una explicación racional al hecho de que me encontrara sin ropa y tiritando, en lo que, al menos para mí, fue una transmutación de meros instantes.

Y debajo de todas esas incógnitas y necesidades arremolinadas en mi cerebro, dos sospechas y un miedo: no era la primera vez que me pasaba, nunca le encuentro una explicación adecuada y la culpa no la tenían las drogas. Eso era, sin duda, lo que hacía revolverme de terror.

Las cosas, otra vez, desaparecían sin más.

Un momento de lucidez divina me congració con el portal. Lo atravesé corriendo y subí las escaleras hasta el tercer piso. Por alguna razón, ahora no podía dejar de pensar en Marga. ¿Se habría desnudado ella también?

Una agradable sensación de calor me invadió cuando, por fin, entré en mi casa. Lo más sensato era irse a dormir, ignorar lo que estaba sucediendo; de hecho, ni siquiera era aconsejable buscar un pijama. No quería encontrarme con más objetos desaparecidos. Instintivamente, lancé las llaves a la mesita del minúsculo recibidor.

Pero el ruido que hicieron al caer me volvió a dejar helado. El llavero estaba en el suelo. La mesita, aquel bonito mamotreto que algún desalmado decidió tirar y que yo me agencié en un acto de inconmensurable magnanimidad, se había evaporado.

¡Pam!

Un golpe seco hizo temblar a las paredes. Los músculos se me entumecían. Eso era nuevo. ¿Estaría maldito mi piso? ¿Un duende cabrón me robaba las cosas y de paso me regalaba un pequeño poltergeist? Aunque, la verdad sea dicha, nada parecía tener la intención de salir volando.

Presa del pánico, cerré los ojos y corrí hacia mi habitación. Recé para que no sucediese nada más. Pero fue inútil: me golpeé de bruces contra una pared, cayendo en el suelo de lo que hasta entonces, había sido mi cocina-recibidor. El dolor me obligó a abrir los ojos y ver el desolador panorama que me rodeaba. Mi cocina se había transformado; más que una cocina, parecía una peluquería. Me incorporé, perplejo, y escudriñé los alrededores.

¡Pam!

De nuevo, un golpe terrible sacudió la estancia. Una de las paredes se desplomó, dejando a la vista la que, en teoría, era mi habitación. Por supuesto, ya no lo era. En su lugar, había una sala llena de humedades con una lavadora en el centro. Con la boca abierta, me llevé las manos a la cabeza.

¡Pam!

Mis dedos se encontraron… con un sombrero. Sin dejar de mirar, atónito, a la lavadora que sustituía a mi cama, me palpé el resto del cuerpo. Volvía a estar vestido, dios sabe con qué clase de traje. Al tacto parecía una chaqueta de pana pero, ¿qué más daba? ¿Y qué si el duende tenía un pésimo gusto para la moda? ¡Siempre había querido tener una buena excusa para ponerme un sombrero! ¿Y acaso hay alguna mejor que echarle la culpa a un duende imaginario?

Aquello me superaba. El ataque de risa fue inevitable a pesar de que nada de todo esto me hacía la más mínima gracia. Sollozos de desesperación surgían involuntariamente de mi boca, peleando por el protagonismo con frases absurdas como “¡Maldito duende!” o “¡Vivan las lavadoras!”

¡Pam!

Una suave brisa me acarició el cuerpo. Estaba cayendo en picado. Esta vez, todo se había esfumado. Otra vez desnudo, caía hacía un fondo insondable. A pesar de lo crítico de la situación, no podía evitar reírme. Sin embargo, pronto tuve una necesidad urgente de gritar.

¡Pam!

Pero me fue imposible: Mis cuerdas vocales, junto al resto de mi cuerpo, habían desaparecido.

*

¡Pam!

Edmundo dejó escapar un suspiro de desesperación. Trató de darse un masaje en las sienes, en un pobre intento por recuperar la concentración pero los gritos de Jaime y Elena eran demasiado estridentes. Y encima…

¡Pam!

…no dejaban de darse golpes contra la pared. Maldijo el día en el que se le ocurrió trabajar un domingo con los niños en casa. Emilia tenía razón: debía buscarse una oficina en alquiler para trabajar en paz. Aunque semejante conclusión no le excusaba de ejercer su labor como padre. Resignado, se levantó de la silla. “Adiós, mundo de depravación, drogas y malsana juventud; hola, mundo de niños, peleas y facturas sin pagar”; arrugó una hoja plagada de tachones y borrones en la que podían entreverse nombres como “Marga” y “Jaimito” y la lanzó a la papelera sin demasiado éxito.

Cuando entró en el salón, fue consciente de la gravedad de de la disputa. Emilia, su mujer, no había oído nada: su figura se vislumbraba en el jardín, regando despreocupada las plantas. Sus hijos estaban enzarzados en una pelea, rodando por las paredes; Jaime hacía lo imposible por arrancarle las coletas a Elena, mientras que ésta golpeaba furtivamente la entrepierna de su hermano. Vaya par de bestias había criado.

¡Pam!

Esta vez, el golpe venía por parte de Edmundo. La puerta del salón se tambaleó por su culpa. Los niños se separaron de un salto y trataron de disimular pero incluso el observador más torpe habría sospechado del pelo alborotado de Elena y la ropa deshilachada de Jaime. Los dos, además, estaban rojos como tomates. Ambos sabían lo que venía a continuación. La frase predilecta de su padre para echarles la bronca los domingos:

-¡Niños! ¡No arméis jaleo! ¡Cada vez que dais un grito, matáis a una parte de mi novela!

Con los exámenes, aparte de horas perdidas de sueño, ha llegado un nuevo colaborador al blog. Su nombre es Zerael y es el gran jefe de La ciudad olvidada… aunque aquí no es más que el asiduo de la taberna de Morbitorio, El séptimo cielo (gallifante al que deduzca a qué hace referencia el nombre de tan apartada taberna).

Espero que con su buena prosa os entretengáis así que, de gustaros, no dudéis en visitar su blog especializado en la crítica de videojuegos indie y de películas.

Escuchando: Touhou 3D Dog Fight Movie

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