A Mine le dolía todo. Cabeza, brazos, pecho, abdomen, piernas… ese día no se pensaba levantar sólo para evitar esos indecibles dolores. Sin embargo, tenía por seguro que Senishiro insistiría en despertarla o, si hacía falta, arrastrarla por el camino.
Pero, aún pasando horas y horas, no notó ningún llamamiento por parte de su fiel compañero de viaje.
Extrañada, se arriesgó a abrir los ojos y se encontró con que el cazador estaba tan dormido como ella lo había estado durante esas horas… lo cual no era de extrañar: Con los esfuerzos que realizó para llevarla hasta ese lugar perdido en mitad del bosque de Ro sería extraño que no durmiera al menos un día entero.
A pesar del dolor, Mine se alzó y observó sus heridas: Nada grave para las llamaradas que Zenny le había dicho que había provocado. Recordó que, cuando pararon en su huida, estaba muy enfadado aunque, tras ver que no se acordaba de nada, se calmó enseguida. Porque era cierto: Mine no recordaba absolutamente nada de cómo habían salido con lo puesto de Arlio.
Aedi se había quedado atrás, lo mismo que Apex. No tenían equipaje y, cuanto les quedaba eran sus ropas y algunas cosas que Senishiro se había ingeniado para birlar de los atacantes lenitas; apenas algo de ropa, una tienda, flechas y un poco de oro.
La comida no era problema: El título de cazador de Senishiro tenía que venir de alguna parte y quedaba bien demostrado por la suma efectividad con la que había logrado capturar las presas que ahora yacían alrededor de la hoguera.
Mine avivó el fuego y se restregó los ojos. Desde que se despertara tras la batalla tenía la piel alrededor de sus ojos inflamada. Aunque le dolía, no podía pasar sin rascarse aunque fuera con las muñecas. Y, de nuevo, este gesto le recordó muchísimo a las costumbres de uno de sus conciudadanos, Too, el herrero del pueblo, Ocullo de ojos escarlata. No sabía si definir esto de mera confusión o ya directamente de miedo: Estaba emulando tal cual todas sus habilidades sin el menor esfuerzo. Se suponía que los Ocullos no podían cambiar el color de sus ojos por más que lo desearan. Sus padres jamás le habían hablado de que fuese posible tan siquiera pensar en ello. Ahora sólo se podía apoyar a esa vieja historia que le había mencionado Zenny varias veces: “Samuel y el Arco Iris”. Y lo peor era la única mención que recordaba literalmente: “Encadenarse a las almas de sus antepasados”.
“¡Pero no por eso voy a dejar de pensar que han sobrevivido!” se dijo con fuerza al tiempo que se daba un golpe en la frente para borrar esos malos pensamientos. Prefirió centrarse en preparar algo para comer: En el triunvirato de la fatiga entran sueño, sed y hambre por lo que sabía que Zenny se despertaría con un hambre feroz.
Se alejó un poco del campamento para buscar leña y contempló el lugar en el que se había introducido junto a su compañero: Ahora estaban en medio del bosque Ro, cerca de la cima de un monte. Desde ese punto se podían ver las cadenas montañosas que daban al este; pobladas por nubes altas que impedían ver las cimas con claridad, nubes que, para unos ojos experimentados como los suyos, anunciaban lluvias en ese mismo día.
Ya centrada en conseguir toda la leña posible antes de que llegara la tormenta, pensó que, antes de llegar a Arlio, Zenny había comentado que atravesarían esas montañas por pasos y caminos pero, tras haber vivido la batalla, a Mine no le cabía duda de que tendrían que cambiar de nuevo de ruta para evitar problemas con la Guardia de Dea. Pensó, por un momento, que le sería más sencillo ir sola hasta el punto de encuentro pero, cuando notó una fuerte ráfaga de viento golpear su ligero cuerpo, cambió de idea de inmediato: por más que le doliera, ahora dependía de Senishiro para llegar hasta su destino.
Le incomodaba ser tan molesta para ese hombre pero no le quedaba más remedio: Al menos sabía que él no querría causarle ningún mal.
“…y si lo quería, ya ha perdido muchísimas oportunidades” pensó jocosa una vez dentro de la tienda con su cargamento de leña, al tiempo que comenzaba a chispear.
-¿Dónde has estado? -saltó Senishiro severo nada más entró ella en la tienda. -¿Fuiste a por leña? -ella asintió y él simplemente se estiró, ya despreocupado. -Muy bien. Ahora preparo algo -tan amable a la par que aparentemente rudo. Mine no podía dejar de sonreír al ver fingir a ese hombre. Si bien era evidente que no iba tras ella con propósitos deshonestos, era igual de claro que no podía dejar de preocuparse por ella.
Dejó la leña a su alcance y se sentó en un tronco cercano a la tienda para observar la evolución de las nubes a través del cielo mientras leves gotitas de agua golpeaban su rostro. Hizo aún más cálculos a partir de sus movimientos e hizo varias predicciones sumamente precisas: Esa noche llovería tanto que les costaría a horrores moverse a la mañana siguiente. Aún con la posibilidad de de haber dispuesto de Apex, habrían tenido que descender del monte y seguir por la ladera y, aún así, les sería muy complicado avanzar hacia su destino.
Sin darse cuenta, comenzó a mover la mano derecha en círculos, un gesto que ella conocía muy bien: el que le había enseñado su madre para controlar el viento. Inocentemente había pensado que podría cambiar la dirección de las corrientes.
Sin embargo, todo sea dicho, con lo ocurrido esos últimos días pensaba que todo era posible. No cejó aún teniendo en cuenta que su control sobre el intangible elemento no era todo lo experto que desearía pero, aún así, lo puso todo de su parte para que todo ocurriera tal como su voluntad dictaba.
Su madre no le había enseñado aún a manejar vientos a gran escala como Mine pretendía, pero la joven oculla ya tenía alguna noción a base de imitar a su progenitora. Sin dejar de mover su mano, “anclándola” a la fuerza del aire que había en los alrededores, fue “atando” corrientes con su mano izquierda alterando sus trayectorias y dirigiéndolas hacia donde sus deseos lo exigían. Comprobó las presiones que había más allá de las montañas y más allá del río y actúo en consecuencia, desviando cuanta fuerza trajera las lluvias en esa dirección. Calculó cuanta consecuencia pudiera causar, concluyó cómo se dispersarían las nubes y, cuando terminó, “ató” todos sus cambios para que duraran al menos dos o tres días más.
Todo ello sin causar ni un solo ruido.
-Ya está listo –anunció Senishiro tras terminar de preparar un poco de sopa. –Con la que va a caer hoy, creo que vale la pena calentarse un poco el cuerpo.
Mine sólo se sonrió por el comentario sin decir nada de lo que había hecho en el clima del lugar.
“A nadie le gusta pasar frío” Mine recordó esa frase que decía su madre cada vez que alteraba el clima para que su tribu pudiera sobrevivir a los duros inviernos que a veces les tocaba sufrir en las grandes llanuras de Ceres. Y, como buena heredera de su poder, estaba completamente de acuerdo.
Cuando, por la mañana, Senishiro notó los cascos de un caballo acercarse a su campamento, hizo cuanto pudo para que su compañera de viaje, aún dormida, se pusiera en marcha. Visto que tendrían que huir de nuevo, a toda prisa y con menos equipaje que antes, Zenny se pertrechó con sus armas y ordenó a Mine que huyera mientras él contenía al enemigo que se aproximaba.
Pero cuando vio ese cuerpecillo cargando con ese gigantesco cajón, paró a su protegida antes de que desapareciera sin dejar rastro.
-¡Buenas, gente! –saludó Aedi con tono despreocupado mientras bajaba del lomo de Apex. –¿Me habéis echado de menos?
-¿Qué haces tú aquí? –preguntó Senishiro mientras daba un par de palmadas en el morro de Apex, tan tranquilo y piafante como siempre.
-Devolveros al caballo –respondió ella mientras iba bajo el terreno atechado por la lona. –Menudo día de locos el de ayer: Por poco estuvieron a punto de confiscármelo con todo esto de la batalla.
-¿Cómo nos has encontrado? –preguntó Senishiro extrañado puesto que estaba completamente seguro de que había ido borrando todas sus huellas.
-Un poco por suerte y un poco porque la compañera aquí presente me había comentado hacia dónde os dirigíais –Aedi posó su cajón y se quitó el abrigo para acercarse al fuego que iluminaba el interior de la tienda. –Teniendo en cuenta tus costumbres a la hora de moverte por el mundo, imaginé que no andaríais muy lejos de donde sospechaba. Y, como ves, he acertado.
Senishiro se maldijo por ser tan poco cauto pero agradeció que la chica le hubiera traído de vuelta a su compañero equino así como gran parte de las cosas que se habían dejado en la posada antes de huir.
-¿Cómo es que te dejaron marchar? –preguntó Mine, contenta por la presencia de la médica.
-No me dejaron –respondió ella con una sonrisa sarcástica. –Me las arreglé para coger todo lo que pudiera necesitar y alguna que otra cosilla de más –añadió dándole unos golpes a una bolsa colgada de su cinto, –cogí la primera barcaza que me encontré y crucé el río antes de que los soldaditos que estaban peleando con los cuatro gatos que seguían insistiendo en tomar la ciudad atacaban los muros. Si alguien se dio cuenta de lo que hacía, me habrían confundido con una simple histérica que quería huir de la batalla.
-Es decir, ¿te pasaste toda la batalla escondida? –preguntó Senishiro tras quitarle la silla a Apex.
-Mi sentido práctico me indica que la única manera de ganar estas peleas es dejar que los demás se maten entre sí –La chica se echó con su abrigo como manta, dispuesta a dormir unas cuantas horas antes de que tuvieran que marchar de nuevo. –Mañana seguimos hablando de mis aventuras por el monte, ¿de acuerdo? Al igual que vosotros, servidora está algo cansada.
No le discutieron la petición y, siguiendo su ejemplo, los otros dos volvieron a sus lechos, lo mismo que el caballo se echaba una siesta tras tanto tiempo sin descansar.
Sin embargo, Senishiro no bajó la guardia e invocó a su Sérem que no tardó en manifestarse en su brazo derecho.
“Comprueba todas las huellas que encuentres y mira si hay alguien siguiéndonos” el ente abrió sus alas y alzó el vuelo en medio de la noche en completo silencio siguiendo la orden de su hacedor. Aún estando agotado, no era prudente bajar la guardia.
-¿Y bien? ¿A dónde vamos? -preguntó la dicharachera Aedi que, extrañamente, llevaba más de medio día sin decir nada. -Bien veo que no vamos hacia el paso de la montaña. ¿Habéis cambiado de planes a mitad de camino?
-¿Recuerdas lo que me preguntaste en Arlio, lo de que si no estaban persiguiendo? -preguntó Senishiro ganándose un asentimiento. -Acertaste. Por lo que he podido comprobar, unos cuantos soldados nos están siguiendo de cerca desde hace un par de horas. Les cuesta seguirnos el rastro pero van muy bien informados de qué ruta vamos a tomar. No hay más remedio que confundirlos un poco y dar un rodeo.
-Me ahorraré preguntar cuál es la razón -comentó Aedi. -Pero he de imaginar que persiguen a la chiquilla esta, ¿me equivoco? -no recibió respuesta, lo cual pareció ser suficiente para la farmacéutica. -Si esta noche hubiera llovido, a lo mejor les habría costado más moverse, ¿no creéis?
-Contaba con eso -dijo Senishiro. -Aunque nos costara más movernos, a ellos les costaría aún más. Lo que no sé es por qué, de repente, las nubes han decidido cambiar de rumbo.
Mine, conocedora de lo que realmente había pasado, se mordió un dedo para fingir que no sabía nada.
-…si lo que necesitas es lluvia, creo que podría arreglarlo… -musitó Mine en un hilo de voz.
Senishiro se giró hacia ella y luego echó un vistazo al cielo por detrás de ellos. Caviló un rato y luego se encogió de hombros.
-¿Serías capaz de hacer aparecer una tormenta a una legua por detrás de nosotros que nos siguiera sin llegar nunca a estar encima nuestro? -pidió humildemente. -Ya que eres de ojos azules de nacimiento, imagino que sabrás invocar unas cuantas lluvias antes que cualquier otra cosa.
-Puedo intentarlo… -Mine, alegre de poder resarcir su error, sencillamente desató algunas de las corrientes que el día anterior había fijado alrededor del bosque Ro.
Habría que señalar la cara de incredulidad que adoptó Senishiro cuando vio no sólo las nubes amontonarse a toda velocidad por detrás de ellos sino también el poderoso golpe de viento que sacudió todo el bosque. Antes de que la tormenta se le saliera de madre, Mine volvió a atar las corrientes con maestría y, al poco, sintió la lluvia caer a poca distancia de ellos, ennegreciendo el ambiente hasta el punto de que esa mañana nublada pasó a ser casi un ocaso negro.
-Hay que darse prisa -advirtió Mine. -Me parece que se me ha ido un poco la mano y puede que acabe lloviendo sobre nosotros.
-¿¡Qué importa una llovizna cuando sobre los pobres que nos siguen les está cayendo un diluvio!? -replicó Senishiro gratamente sorprendido mientras miraba más allá de donde las chicas no podían.
No añadió más: agarró las bridas de Apex y comenzó a correr mientras guiaba a la montura a toda velocidad hacia algún paso de montaña que sólo él conocía, ganando cuanto terreno pudiera mientras las lluvias duraran.
Así, pues, fue la tónica del día: Una larguísima carrera por ese inmenso bosque mientras la tormenta los perseguía. A ninguno de los tres les hacía falta elevarse demasiado para comprobar los estragos de ese diluvio. Aparte de la humedad y el frío terribles que provocaba la gran precipitación, esa enorme cantidad de agua había resucitado varios torrentes alimentados por la lluvia y nieve que solía caer por encima de las montañas de Ro. Mine tuvo que comedirse para evitar que todo el camino que hubiera por delante no se convirtiera en un lodazal y lo logró con bastante más soltura de la que esperaba de su corta experiencia.
Cuando se puso el sol y ya habían instalado un campamento, Senishiro estaba exhausto por la carrera que le había tenido absorto durante más de diez horas seguidas. Pero su cansancio tenía una nota de alegría. Sus compañeras de viaje no sabían qué era lo que estaba oteando más allá de la oscuridad de la noche pero, fuera lo que fuese, le producía una alegría que no ocultaba. Sería porque, independientemente de que hubieran parado a sus perseguidores, habían avanzado más de cuatro veces lo que solían recorrer en un día. El hecho de que ahora se encontraran completamente solos, sin un solo perseguidor capaz de atravesar los lodazales y torrentes que la buena de Mine había interpuesto en su camino, le permitían pensar en que esa noche podrían dormir sin ninguna preocupación en mente.
Senishiro podría ser todo lo serio que quisiera aparentar con ese aire de misterio que rodeaba su figura y actos pero, en el fondo, no dejaba de ser un simplón que sólo ansiaba que el día terminara para poder encontrarse con sus amigas “comida y cama”.
Los siguientes tres días serían recordados por los escasos habitantes del lugar como “la semana en la que los peces pudieron nadar entre los árboles”. Las precipitaciones causadas por la Ocullo de ojos azules fueron a más pero siempre concentradas en todo lugar en el que Senishiro encontraba a un posible perseguidor. Los ríos sufrieron crecidas, los torrentes cortaron pasos y algún estrago se causó a causa de la desesperada huida de ese trío. Casi sin consideración por los daños que pudieran causar, atravesaron la cordillera y, al fin, pudieron avistar las inmensas planicies y las altas dunas del desierto de Gentar.
-Ahora sólo hace falta seguir hacia el norte -ésta fue la última instrucción que dio Mine la primera noche que descansaron en las secas y frías planicies de la frontera entre las montañas y el desierto.
Entre largas caminatas, descansos habituales a causa del duro entorno, exploraciones constantes del sérem y conversaciones y chascarrillos entre las dos amigas que se permitían el lujo de montar al sarcástico aunque siempre duro Apex, avanzaron sin parar durante tres días en su camino hacia el norte, alternando terrenos boscosos con las primeras dunas del desierto cuya arena golpeaba las primeras formaciones rocosas de la cordillera, así como sus ya cansados cuerpos. Tras las carreras a lo largo del bosque Ro, comenzaron una etapa de resistencia pura en la que todos sus suministros se limitaron al mínimo, lo que comenzó a minar seriamente sus cuerpos. Sin embargo, Mine aseveraba que, en serio, les faltaba poco camino por recorrer.
Y así fue. Al cuarto día, al fin algo cambió en la tónica de esa semana: se encontraron con alguien. O, mejor dicho, escucharon la música que tocaba con habilidad tal que no sólo fueron los ojos de los tres humanos que allí viajaban los que se giraron hacia la fuente del sonido sino también los de Apex, que desobedeciendo flagrantemente a su amo, se dirigió cual mosca a la miel hasta el músico que dulcemente arrancaba notas a su flauta travesera. Sin poder hacer nada para evitar la desbandada del caballo, Senishiro se dejó llevar pues, de la música no percibía peligro alguno. Mas, para variar, se equivocó: lo que al principio era sólo su caballo, luego pasaron a ser cientos de aves que escuchaban en silencio la melodía que las atraía cual canto de sirena tanto a ellas como a los lobos, conejos, ardillas, ciervos y osos que parecía que se habían olvidado de seguir cebándose para el invierno.
No tardaron en encontrar al autor de esas notas. ¿O más bien, autora? Senishiro lo captó como hombre al principio pero, cuanto más se acercaba, más le notaba las facciones femeninas. Pero, independientemente de su sexo, algo era seguro:
-¡One! -Mine no tardó ni medio segundo en saltar del caballo para ir a saludar al que, según ella, era el bardo de su tribu. Alborozada como nunca antes la había visto saltó a los brazos del sorprendido bardo, que parecía no comprender la presencia de la chica en esas latitudes.
-Pero, ¡habrase visto! -a pesar de que no era especialmente alto ni, en apariencia, fuerte, levantó a la chica de ojos azules como si fuera una pluma, con tanta alegría como Mine. -¡Madre mía! ¡Ya habíamos celebrado tu funeral hace días! ¿¡Por qué demonios has tardado tanto!?
-Es una historia muy larga de contar ahora mismo -una vez en el suelo, Mine se volvió hacia sus compañeros de viaje. -Ellos me han ayudado a llegar hasta aquí.
One se acercó a Senishiro y, tras observarlo con detenimiento, repitió con Aedi. Tanto uno como otro dieron un paso atrás, algo amedrentados por algo que no alcanzaban a comprender de ese (o esa) Ocullo de ojos tan verdes como el acebo. La inspección acabó rápido y no tardó en volver con su conciudadana.
-Imagino que estaréis cansados -sentenció sin más. -Basta de canciones por hoy: hay que hacer cena para tres buenas voluntades más.
-¿No crees que Uce pondrá pegas a que un par de forasteros…?
-Olvida a Uce -la anteriormente simpática voz del bardo cortó en seco la pregunta de Mine. No hacía falta añadir más. -Me sorprende muchísimo que hayas logrado llegar hasta aquí y me alegra más aún, pero es evidente que no eres consciente de lo que le está pasando a las siete tribus Ocullo de Niwort.
Mine deceleró el paso, sorprendida por las secas palabras de quien decía ser la persona más optimista que jamás había conocido en su vida.
-¿Tan grave es la situación? -preguntó Aedi para romper ese tenso silencio.
-Pensad en comer, pensad en beber, pensad en dormir y descansar. Y, ante todo, preparaos para olvidar bastantes cosas -One no añadió más y, con un gesto de su mano, hizo que Apex acelerara el paso, como si su alegría por la que había regresado de entre los muertos no pudiera competir con el pesar de algo que dolía más que su alborozo.
La tribu Ocullo que los dos forasteros encontraron era algo inesperadamente bien oculto. Apiladas entre ruinas de una civilización desconocida a sus ojos, se apilaban al menos dos docenas de grandes tiendas de campaña de los más diversos colores, siete para ser más precisos. Nada más llegar al lugar, Zenny y Aedi fueron separados de Mine, que fue guiada por One hasta una tienda teñida de verde claro, con prisas aceleradas para explicarle los asuntos más urgentes que les atenazaban. En cuanto a ellos mismos, no es que fuesen rechazados pero sí que se sintieron terriblemente ignorados por esas gentes de miradas poderosas e incómodas.
Pero, tras un rato de espera, al fin fueron atendidos, sin una sola palabra, por un fuerte y grande hombre maduro que, con señas, les indicó dónde poder comer y descansar lejos de las miradas llenas de miedo de los demás individuos de ese refugio.
Zenny no comprendía cómo ese lugar se le podría haber pasado por alto. Independientemente de que no conociera en persona todo el país de Niwort, lo que sí era cierto es que no perdía oportunidad alguna para conocer lugares a los que dirigirse en sus largas temporadas solitarias. No era ese punto de encuentro un lugar cercano a ninguna parte pero, a todas luces, implicaba que allí hubo alguna vez una civilización los bastante avanzada como para crear construcciones con sillerías de geometría casi perfecta. Además, su Sérem se estremecía con sólo posarse sobre esas piedras por lo que la influencia de las vías era más que evidente. Las edificaciones variaban de tamaño, a pesar de su evidente estado de ruina. El edificio más grande, los restos de una torre del homenaje rodeada de muros de un castillo ya inexistente, agrupaba a las tiendas de color blanco, un grupo poco numeroso a pesar del número de tiendas de otros colores que se apiñaban en otros edificios. El cazador intuyó de inmediato la razón y se sintió mal por Mine, al ver que la tienda a la que ella fue arrastrada era sólo una de cinco.
Senishiro y la farmacéutica fueron llevados a una tienda de planta cuadrada de color púrpura, lugar en el que el hombre mudo y una anciana que se ocupaba de la fogata, se encargaron de que no pasaran hambre. No eran desagradables pero tampoco les dirigían la palabra. No sería hasta más adelante que se darían cuenta de que el hombre no tenía lengua y la mujer estaba ciega.
Las siguientes horas las dedicaron a probar las especialidades de la tribu púrpura, principalmente pescado seco y raros crustáceos raramente bien conservados para estar en medio del desierto, y a descansar. Aedi no dudó en abandonarse al lecho que le ofrecieron pero el cazador no dejó de preocuparse por el estado de su protegida. No dudó en enviar a su Sérem para que le respondiera a la pregunta “¿está Mine bien?” a lo que esa entidad le respondió con un simple “dale tiempo”.
¿Cuántos Ocullos habían caído? ¿Y por qué se habían reunido siete tribus a la vez? ¿Acaso Dea trataba de exterminar a toda esa etnia?
No sería mala respuesta siempre y cuando comprendiera la razón. Sabía que la regente no se andaba con chiquitas cuando se trataba de mantener el orden: había estado bajo sus órdenes directas una vez y aún temblaba frente a lo que ella se mantenía firme como una roca. A pesar de su juventud -apenas rondaría los veinticinco años en esa época- siempre mantuvo ese aura de poderío. Inatacable, misteriosa y, ante todo, poderosa. Siempre lo sabía todo, se adelantaba a cualquier estrategia y no tenía ningún miramiento a la hora de aplastar a su enemigo o sofocar una rebelión. Desde el final de la guerra, se había ocupado con firmeza de mantener el inestable orden de Niwort y, que él recordara, al menos quince aldeas habían ardido hasta las cenizas por sus ordenes directas… aunque nunca comprendió por qué.
-¡Buenas, buenas! -One, con su encanto ambiguo, entró como una tromba dentro de la tienda. -¿Os encontráis cómodos por aquí?
-Un poco incómodo, la verdad -susurró Zenny al tiempo que señalaba a la dormida Aedi. -No quiero meterme donde no me llaman pero…
-Nos están exterminando a base de bien -ese salto de la alegría a la ira más depresiva era desconcertante para el cazador. Nunca podía saber si One estaba de buenas o de malas. -Como tribus aisladas que somos, no nos enteramos mucho de lo que se cuece a nuestro alrededor y evitamos conflictos que afectan a los territorios que habitamos pero, por lo que nos ha contado Mine, tras todo el periplo que ha vivido con vosotros, ya sabemos que somos el objetivo de alguien -Zenny, que se había pasado horas pensando en sus cosas mientras masticaba algo de bacalao duro como la goma, no se había dado cuenta que desde hacía menos de un cuarto de hora, los demás campamentos comenzaban a bullir con voces furiosas. Lo que antes era pura tranquilidad, un silencio imperturbable en medio de esa ciudad en medio de un bosque que miraba hacia el desierto, ahora el bullicio habitual de una ciudad cualquiera… una que había puesto sus pies en guerra. -¿Es cierto lo que la jovencita ha contado acerca de esa tal Dea?
-Hasta donde yo sé, sí; aunque, como Mine, no conozco las razones.
-No he venido a esta tienda para exigirte que des explicaciones acerca de alguien a quien apenas conoces. Por lo que ha contado ella, le han estado cambiando de color los ojos últimamente. Dice que es capaz de manejar poderes que no le corresponden y que, a veces, pierde un poco el control sobre su propio cuerpo. Tú, que has estado viajando con ella, ¿puedes confirmarme esto?
-Que quede confirmado -One frunció el ceño, pensativo y, tras analizar un par de segundos la firme mirada de Zenny, sonrió con todo su encanto femenino y se encogió de hombros.
-Ya sabía yo que la señorita no podía ser muy normal si fue capaz de regresar del infierno que se desató en nuestra tribu.
-¿Qué es exactamente lo que le pasa a Mine? -el cazador se aventuró a hacer la pregunta porque la expresión de su interlocutor daba a entender que sabía de qué hablaba.
-Que es una persona “encadenada a los espíritus de sus antepasados” -One abandonó su posición al lado de Zenny y se movió al centro de la tienda, junto a la lumbre. Cuando hizo esto, tanto el mudo como la ciega dirigieron sus sentidos hacia el bardo que, una vez con los ojos cerrados, se dispondría a relatar una de las historias que sólo él podía atesorar. -En tiempos remotos, hace más de diez veces cien años, se supo de un antepasado de las gentes de la tribu de la pradera que, tras el ataque de unos bandidos perdió a su esposa, a sus hijos, a sus padres y hermanos; toda su familia y vecinos fueron arrastrados por lo inevitable hasta el centro de Todo. Se quedó solo hasta que su desesperación hizo que el centro de Todo decidiera no reclamar sus vidas aún pero, aún así, no les dejó volver a la vida. El centro de Todo le propuso un juego a ese hombre: debía dejar siete semillas en siete lugares que él indicara, sacrificando a toda vida que en sus alrededores naciera para, así, ganarse el derecho a recuperar la vida de uno solo de sus seres queridos.
>>El hombre, aún sabiendo que la oportunidad que le concedía el centro de Todo le conminaba a convertirse en lo que en otros lugares es conocido como un demonio, siguió su juego. Plantó la primera semilla en el lugar en el que todo lo que él amaba había sido destruido y el árbol que allí nació creció marchito, de un horrible color naranja.
>>Avanzó al norte y plantó la segunda semilla en un bosque. Hasta del árbol más viejo hasta la última brizna de hierba; desde el oso hasta el ratón, pasando por todo hombre que allí morara, todo se marchitó, envejeció, degeneró y murió y el árbol creció verde y fuerte a costa de miríadas de vidas.
>>Acosado por la culpa pero sufriente por las almas que moraban en su pecho, llegó a una gran ciudad. A pesar de su triste figura y, aunque no aparentara ser nadie fuera de lo normal, las grandes semillas que llevaba en sus manos fueron reconocidas de inmediato. Sus antepasados, sus conocidos y seres queridos le dieron la fuerza, más allá de su propia voluntad y el hombre pudo romper las defensas de los hombres que simplemente se defendían. Plantó la semilla y creció roja por la sangre de los caídos.
>>Asqueado de ese poder que no había pedido, se encaminó de nuevo al norte hasta que llegó a una gran pradera. Los azores, palomas, estorninos, ruiseñores y demás aves que allí moraban aún transmiten a las generaciones posteriores cómo el verde suntuoso del verano era sustituido por el amarillo de las nuevas hierbas que por allí se extendieron. Una nueva vida, con forma de gran pradera dorada había nacido a costa de todas las que allí habitaban antes.
>>Encaminó sus pies hacia el este, hacia un gran cabo que dominaba un golfo. El sufriente pensó que su pecado no influiría allí y sembró la semilla sin pensar en que las raíces de esta nueva vida se extenderían hacia el mar cual alga, segando cuanta vida se cruzó en su camino. El mar primero se tiñó de negro; después, de blanco plateado y, finalmente, de añil venenoso.
>>Atormentado, continuó su periplo hacia el oeste, a la más rica de las tierras y, antes de cerrar el agujero que había preparado cual cuna para la nueva semilla, le pidió a quien le ordenó esta misión que fuera piadoso con quienes moraban sobre las tierras que iba a mancillar. Tal deseo no fue escuchado y la larga raíz azul de ese ser monstruoso convirtió ese vergel en un desierto.
>>Agotado, dirigió sus pies al último lugar indicado: una isla secreta, lejos de la mirada de todo ignorante de su existencia y, por fin, dio paso a la vida violeta que condujo a la muerte a millares de seres inocentes.
>>Pero su deseo fue cumplido: ante él se apareció una torre de proporciones grotescas y de formas perfectas. Sus paredes se abrieron ante él y éste avanzó, sintiendo el pesar de todos aquellos a los que amaba. Y allí se encontró con el centro de Todo, la incomprensible Nmadr, a la espera de que esa alma atormentada manifestara quién sería el receptor del deseo que impulsó todo ese viaje.
>>Y el hombre, de nombre Samuel Ocullo, alzó sus ojos sufriente a la par de valiente y manifestó claramente quien deseaba que volviera, sin darle oportunidad a Nmadr de responder:
>>”El mundo”.
One cerró la conversación con tono definitivo y abrió los ojos para encontrarse con la mirada de Zenny, una acompañada de una sonrisa de satisfacción que demostraba que le había revelado harto más de lo que jamás habría pedido.
Agradezco toda la paciencia que podáis haber tenido hasta la llegada de este episodio. Espero no haber perdido la práctica así como deseo que cuanta letra haya salido de mis dedos sea de vuestro agrado.
Si alguien tiene una pregunta acerca de la historia, ya sea del entorno, ya del argumento, no tendré problema en contestar a menos que estropee alguna sorpresa (NdD: Traducción: Son las dos de la mañana y tengo que madrugar. No me pidáis que diserte ahora acerca de algún aspecto del mundillo de Iris).
Hasta más leer.
Escuchando: Cuidado con el paraguas que siempre ha estado ahí
Ilustración de One: Kaoru Okino

Me gustó la historia que cuenta One! =0 *Kao se pregunta si el mundo es considerado una persona* Eso es trampa!! xD
Y One es genial!! xDD
Buen trabajo ^^
Un saludo!!
Waaa, me ha encantado One, su presentación y la trama… ha, muy bien disfrutado el capítulo.
Muy chulo el trabajo de Kao, si señor.
Huh, genial genial, no has perdido el toque Jeshua, bien sabes eso jajaja