Con la dirección de la casa y el negocio del señor Romer apuntadas, la foto del niño en mi libreta y tras cerrar el establecimiento de Frank, dirigí mis pasos de nuevo hacia mi casa para dormir cuanto pudiera antes de que el doctor Lee llegara para llevarse a Dorian.
Con suerte dispondría de algo de tiempo libre por la mañana para ir a consultar a mis fuentes antes de ir a la cita que había concertado con mi nuevo cliente en su casa. Y con más suerte, esta vez el doctor Lee tendría el pago en mano: la anciana Louis se estaba impacientando a la espera del pago del alquiler.
Fue cosa de llegar y desplomarme sobre el sillón para dormir las pocas horas que quedaban antes de que saliera el sol.
Poco antes de abandonar el mundo de los lúcidos, escuché los pasos de mi invitado. A los pocos segundos de que éste se asomara a la sala de estar donde estaba echada, cerró la puerta y al rato le escuché bajar a la cocina. Esperando que no le importara comer una pitanza fría, me quedé dormida.
Y unas cuantas horas más tarde…
-Buenos días, señorita Maribel –me saludó una voz bien conocida por mí.
Amodorrada por haber sido despertada cuando más cómoda estaba, alcé la vista y, cegada por la luz matinal, vi el borrón de la cara del doctor Lee.
Me incorporé lo más elegantemente posible pero ni por esas pude disimular mi falta de sueño de estos últimos días.
-Disculpe que me tenga que ver así –me excusé como pude mientras ordenaba mi pelo.
-No hay de que disculparse –replicó el médico vampiro con su tono más profesional y educado. –De hecho, el que debería hacerlo soy yo pues he entrado sin su permiso.
-Es mejor así: De no ser por usted, me habría pasado durmiendo seis horas más. Y perder tiempo no es algo que debamos hacer.
-¿Lo dice porque tiene alguna nueva información? –Lee no ocultó su curiosidad por mis palabras.
-Esta noche me he encontrado con un nuevo cliente y éste me ha mencionado que unos hombres que no dejaban de nombrar a un tal Tansa habían secuestrado a su hijo. Ese niño resulta ser un médium y, por ello, pienso que lo que quieren hacer con él es, si mi suposición de la secta es correcta, sacrificarlo en honor a algún dios maléfico.
-Su mala racha de casos extraños no deja de aumentar, veo.
-Los únicos casos “normales” que tengo son los que me encargan ustedes y bien me gustaría que hubiera más por parte de los elatos.
-Tanto más da: Ninguno de los nuestros quiere veros muerta de hambre –opinó con una sonrisa. –Cambiando de tema, agradezco profusamente el trato que le has dado a Dorian. Está un poco mareado por la falta de sangre pero, por lo demás, no hay que preocuparse por él –el doctor abrió su maletín y de él sacó un sobre. –Con esto, imagino, queda la mitad de la cuenta saldada.
Eché un pequeño vistazo dentro del mismo y luego dejé el sobre en un cajón. Los vampiros casi jamás me habían pagado menos de lo estipulado, en eso había que reconocerles su gran honradez, aunque su principal razón era para no ganarse pleitos que llamaran la atención sobre ellos.
-Conociendo sus nuevas informaciones, imagino que tendrá cosas que hacer esta mañana –dijo el hombre mientras se levantaba y se volvía a poner su sempiterno bombín. – El resto del pago lo tiene Elma, donde siempre, en la misma mesa. Yo me llevaré a Dorian a su casa, que me parece que ya debe estar impaciente de volver con su familia –comentó al tiempo que dirigía una mirada al joven que observaba la escena desde la entrada.
No añadí nada y acompañé a los dos a la entrada, al tiempo que cogía mi bolsa de la compra para salir con ellos. Mientras cerraba la puerta de casa, escuché como el doctor le dirigía unas palabras a alguien. Cuando me giré, vi a mi nueva vecina apartarse del camino de Lee. Parecía que, como yo, salía de compras.
-En fin, señorita, ya nos veremos –comentó el hombre antes de meterse en el coche.
-Hasta otra pues –contesté secamente para presentarme ante la que sería mi vecina hasta que huyera despavorida. – Usted… es la nueva vecina, ¿me equivoco?
-Eh… sí, así es –como pude avistar la noche anterior, sus rasgos eran orientales pero, aparte de ese detalle, todo lo demás en ella era bastante más anodino. Si quitábamos su sombrero, nada en ella llamaba especialmente la atención. –Buenos días, me llamo Renko –aunque anodina, cierto era que parecía simpática. Casi parecía que no había pasado tanto miedo la noche anterior.
-Yo Maribel, encantada –repliqué dándole mi mano, la cual me estrechó. –Ayer armaba usted mucho ruido –comenté como quien no quería la cosa.
-¿De veras? –o sabía fingir bien o Theodoros no le había marcado todavía. Tal vez estaba imponiendo sólo su lado más racional ante sus miedos más presentes. Más le valía saber que ese fantasma no aceptaba muy bien ninguna presencia. –De veras que lo siento…
-Generalmente no veo más allá de mi casa pero parecía tan aterrorizada que casi parecía que se le hubiera colado un ladrón en casa… –el tema que sabía tratar no era algo que conviniera comentar directamente así que comencé a tomar un rodeo que me llevara poder decir la palabra “fantasma” sin temor a quedar como una loca.
-No, en realidad era un maldito fantasma que no se ha ido con el anterior inquilino –enarqué una ceja realmente extrañada: Los demás inquilinos no se habían atrevido, ni por asomo, a bromear con lo que les había ocurrido dentro de esa casa encantada. Y, sin embargo ésta, aparentemente mucho más débil de carácter que los otros cuatro ¡se lo tomaba a cachondeo!
-Hay cosas que no deberían tomarse con tanto humor… –lo solté de sopetón y me arrepentí de inmediato de decir lo que había pensado nada más escucharla. Para mí, Theodoros no era alguien de quien mofarse lo más mínimo. Sabía que había sido asesinado y que ahora estaba en su casa por alguna razón. Respetar su espacio hasta que decidiera marcharse era algo que Renko debería ir aprendiendo.
Preferí no ahondar en el tema y continué con mis asuntos: cerré la reja de mi casa y me alejé para ir de compras, ir a buscar la segunda parte de mi pago por el rescate de Dorian y hacer unas cuantas consultas a mis fuentes.
Si era cierto que al señor Romer le ignoraba la policía, tal vez fuera conveniente ir a consultar a Michael, de la Scotland Yard pero deseché esa idea casi de inmediato: seguro que seguía furioso conmigo así que, hasta que no encontrara más información pertinente al caso, no acudiría a él.
Mientras recopilaba bienes de primera necesidad para mi casa, fui haciendo un esquema mental de por dónde debería ir comenzando a preguntar. Como acababa de cobrar incluso pensé en acudir a Minstrel, un mendigo avaro bastante ducho en esto de vigilar los movimientos de organizaciones grandes en Londres. Si lo encontraba, seguro que sería capaz de darme alguna pista jugosa acerca de los movimientos de ese tal Tansa.
“Si algo tiene ese avaro es muy buen oído y mucho tiempo libre” me dije al recordar a ese tipo.
Después de eso, acudiría a la casa del padre Blossom y luego, si me quedaba tiempo, iría a la tienda de Dogdson.
Con este plan en mente y tras terminar mis compras, me dirigí a cierto edificio que sólo yo conocía entre los simples humanos que vivían en ese barrio: La biblioteca de los vampiros. Aparentemente era sólo una casa más pero, en realidad, atesoraba cientos y cientos de documentos diferentes pertenecientes a los clanes más consagrados de los vampiros de Londres y de parte de toda Inglaterra.
La puerta siempre estaba abierta y la vigilancia, al menos aparentemente, era inexistente, cosa falsa pues los que aparentaban ser tres lectores asiduos eran en realidad vigilantes y bibliotecarios que evitaban que cualquier incauto que entrara allí por accidente se llevara algo que no era suyo.
Una de ellos, la señorita Elma, era mi contacto: Siempre estaba sentada en una mesa al fondo de la sala principal del segundo piso de la biblioteca, siempre con un ojo en el libro que estuviera leyendo y otro en los movimientos de cualquiera que hiciera el más mínimo ruido en su dominio. En teoría era una eminente historiadora y, por lo que había oído por ahí, tenía unos cuantos estudios publicados. Pero, por lo demás, no dejaba de aparentar ser una simple ratona de biblioteca, aún a pesar de su juventud.
-Buenos días –Elma apartó su libro y se quitó sus gafas para poder recibir lo más cordialmente posible a la recién llegada. –El doctor Lee ya me ha puesto al corriente de lo que he de hacer –sin añadir nada más, le alargó un sobre. –Esperemos que el siguiente trabajo que le solicitemos no implique más peligro para su vida.
Así eran todos los vampiros que había conocido hasta el momento. Todos me tenían en muy alta estima por la gran cantidad de trabajos de complicada resolución que había realizado para ellos. Durante esos dos años que llevaba viviendo el Londres, una buena cantidad de los casos que había recibido eran suyos. Gracias a mis éxitos, me gané su confianza mucho más que más fiable de los elatos y ahora, si necesitaba ocultarme de la mirada de algún perseguidor o, incluso, de las autoridades, tenía miles de casas seguras a lo largo y ancho de toda Gran Bretaña. Yo me consideraba una simple mercenaria, poco menos que un simple ojo a sueldo pero, para mi incomodidad, ellos me veían como un ángel salvador. En cualquier caso, dado mi carácter pragmático, me resultaba muy útil mi carisma que, para variar, nada tenía que ver con mi linaje.
Una vez con el dinero en el bolsillo, comencé a buscar al harapiento Minstrel. Pero, como de costumbre, aún empleando tres horas de esa larga mañana, no logré dar con él ni con información alguna que me llevara hasta su paradero. Imaginé que estaría “trabajando”, escuchando tras las paredes, cazando conversaciones al vuelo o siguiendo a quien no debería de seguir así que no debería tener queja: sería una simple afición que le reportaba un dinero muy necesario para sus vicios pero sabía ordenar toda la información que recopilaba con una habilidad que competía con la mía y me daba informes sistemáticos y bien ponderados de cuanta persona hubiera observado.
Así pues, quedaban el padre Blossom y Dogdson. Comprobé en qué lugar me había rendido de perseguir a ese mendigo y comprobé que estaba más cerca de la tienda de antigüedades que más información me pasaba sobre preguntas intempestivas acerca de objetos de extraña catadura, instrumentos que pudiera andar buscando y grimorios varios cuyo contenido ansiaban diferentes coleccionistas y hechiceros de baja estofa moral.
Tras observar la hora que era, pensé en dejar la visita al padre Blossom para otro momento y me encaminé con prisa hacia la tienda para luego volver a mi casa a prepararme la comida.
Atravesé calles y algunas callejas y alcancé, al fin, esa apartada tienda de antigüedades. Pero, para mi sorpresa, el habitual y casi inmutable escaparate había cambiado. No sólo eso: al entrar me encontré con que el anciano Dogdson había sido sustituido por un joven con una expresión diametralmente opuesta a la de ese hombre de costumbres y trato severos.
-¿Qué puedo hacer por usted? -el joven surgió de la parte de atrás de la tienda y, con trato jovial así como con una larga cabellera, facciones algo afeminadas y una energía que nunca habría destilado su predecesor, me atendió con cuanta educación supo reunir.
-¿No está el señor Dogdson por aquí? -algo me decía que había hecho mal eligiendo este destino antes que el otro: odiaba perder el tiempo.
-Ha vuelto a su pueblo natal. Si es que le está buscando, ¿es usted una proveedora?
-Más bien una persona “a la que le gusta hacer preguntas impertinentes” -preferí mantener una actitud lo más jovial posible, tal vez para ganarme la confianza de este tendero.
-Oh, ahora que lo menciona, antes de marchar, me mencionó que había alguien por aquí que solía meterse en problemas gracias a la información que le daba… ¿Maribel Han era?
-Así es. Imagino que intuirá por qué estoy aquí.
-Temo decirle que soy bastante nuevo en este trabajo y que podría no resultarle de mucha ayuda. Pero, cualquier cosa que me pregunte, trataré de ayudarla en lo posible.
-¿Necesitaré pagar por lo que solicito? -si Dogdson me ayudaba era a causa de que ya le había resuelto un poltergeist en su tienda.
-Mi predecesor me dijo que aunque sea una impertinente, es de carácter noble y que sus indagaciones son siempre por el bien de los demás, a pesar de que cobra por ello. La ayudaré hasta donde mi racanería me exija que deje de hacerle caso.
-Es justo. ¿Podría decirme si alguien, en los últimos meses ha estado solicitando armas antiguas como dagas ceremoniales o documentos, digamos, poco recomendables?
-Aparte de los tratos habituales con gremios de hechiceros del Ojo y de la Serpiente, no puedo asegurarle nada. Podría preguntar a mis colegas acerca de armas, que es un género que no tratamos aquí.
-Hágame este favor. Podría ser importante. ¿Podría indicarme si han solicitado algún objeto fuera de lo normal? ¿Adornos, estatuas o abalorios poco comunes?
-Sí, de eso sí que puedo darle alguna información -el joven se introdujo tras el mostrador y rebuscó una pequeña libreta. -¿Podría darme alguna indicación acerca de lo que pretende encontrar?
-Objetos recuperados de juicios inquisitoriales y todo género de materiales referidos a rituales demoníacos y satánicos.
-Tengo vendidas un par de máscaras de cabra rituales, piezas muy raras -buscó con el dedo sobre la superficie del papel hasta encontrar el nombre que buscaba. -Fue hará cosa así de dos semanas. Pagó al contado y trató de evitar dejar nombres pero, dada la rareza de las piezas, no le dejé marchar hasta que confesó: Lilith Remia.
-Imagino que, aparte del nombre, no me dirá nada más.
-Puedo darle la dirección siempre y cuando no revele quién se la ha concedido.
-¿No va eso contra la política de la tienda?
-El señor Dogdson habló muy bien de usted y fue muy vehemente acerca de sus labores… sencillamente ahórreme problemas, no los vaya causando y todos estaremos contentos. -Sin más que añadir, me pasó una nota con la dirección de la mujer que había comprado los objetos en cuestión.
-A todo esto, no le he preguntado cómo se llama -comenté al tiempo que me guardaba la nota en la libreta, junto al resto de datos recopilados.
-Llámeme Katterson -alcé una ceja al escuchar un nombre tan raro como ése pero no comenté nada. -Espero resultarle de ayuda así como espero que divulgue el buen nombre de esta tiendecita allá por donde pase.
-No lo dude -me despedí de él y me dispuse a salir.
Sin embargo, algo hizo que mis pies no se movieran del sitio: Algo había en esa tienda que, de repente, hizo que mi sexto sentido se disparara.
Me giré y traté de percibir si otro poltergeist se había colado en esa estancia pero, tras unos segundos estuve segura de que la naturaleza de mi percepción era otra. Miré a Katterson, ocupado en sus quehaceres, y comprobé si su presencia era tan humana como aparentaba pero, de inmediato, rechacé esa explicación: lo podría haber notado a lo largo de nuestra conversación. Traté de sentir de dónde venía esa pulsión tan inusual por lo que me dispuse a caminar lentamente entre las mercaderías de esa tienda de antigüedades. Sí, ciertamente vendían muebles y utillaje antiguo de gran valor en esa gran estancia pero no era la primera vez que algún dispositivo o documento arcano se colaba entre esas paredes. No percibía peligro de lo nuevo que acababa de sentir pero me convenía conocer los potenciales peligros que pudieran salir de la tienda.
Y, al final, allí estaba: un espejo de cuerpo entero. Una decepción, pues esperaba algo más poderoso. De inmediato imaginé que contendría el espíritu atrapado de un moribundo que se había reflejado en él al morir.
Justo cuando hice esta hipótesis, dejé de sentir pulsión alguna y, simplemente, me dispuse a comprobar un poco mi peinado. Sin embargo, hubo algo en mi reflejo que me llamó la atención: aunque fuese durante un instante, mi reflejo se mostró terriblemente más grande de lo que debería ser. Comprobé más de cerca lo que acababa de sentir y…
-Buenos días -salté del susto al recibir semejante saludo por mi espalda.
-¡Por favor! No asalte a la gente por la espalda de esa manera… -era Renko que, como había imaginado, había acabado en el último lugar donde me habría esperado encontrarla remoloneando.
-¿Le pasa algo al espejo? -mi vecina se miró a su vez y, como imaginé, se dio cuenta de su desastrado aspecto vista la cara de sorpresa que adoptó.
-Eso creía: Le vi algo raro pero puede que sólo fuera cosa de mi imaginación -aunque fuera algo mínimamente serio, no iba a actuar hasta que diera problemas, cosa que dudaba que ocurriera en una buena temporada -¿Qué hace aquí?
-Observar cámaras de fotos -a pesar de todo, la chica no perdía su agresiva sonrisa. Había que reconocerle que era difícil asustarla de verdad. -Si hubieses dejado de mirar el espejo y me hubieras saludado tú mientras yo las miraba, sería yo la sobresaltada. Bonito espejo, todo sea dicho.
-No ando muy bien de dinero como para comprar caprichos como éste, una lástima -la mayor verdad que le había contado hasta el momento, por desgracia. -Y ahora, si me disculpa -preferí no añadir más y hacer la pregunta de rigor al dependiente. Me despedí sucintamente de Renko y Katterson no tardó en estar de nuevo dispuesto a responder a mis interrogantes. -Disculpe que le moleste otra vez: ¿me podría decir dónde ha conseguido ese espejo?
-La verdad, aún no lo sé -Katterson dejó la limpieza un momento y le echó un ojo a la pieza. -Hasta donde sé, es algo que llegó a esta tienda poco antes de que mi predecesor la dejara en mis manos. ¿Tiene alguna importancia?
-Ahora mismo, no pero gracias por la información.
-A su disposición siempre que quiera, señorita.
Desde luego, el trato con Katterson era bastante más agradable que con Dogdson. Si no fuese por mis casi eternamente precarias finanzas, le compraría algo.
Tras una larga temporada de silencio, Maribel y Renko reaparecen por este blog esperando ser de vuetsro agrado en sus aventuras paranormales del Londres de los años 30.
Este fan fic es puro fanon. Por favor os pido, leeros las novelas del autor original, el gran ZUN, antes de soltar datos incoherentes a los auténticos entendidos.
Con el deseo de que la digestión de mis líenas vaya bien, me despido hasta más leer.
Escuchando: Ese amigo del alma – Lito Vitale
Ilustración: Мдцяісiф

En verdad que he disfrutado leyendo este capítulo.
Noté lo de que antes debía leerme completo ‘Amable retroceso de invierno’ xD
Pero no quita el que haya podido ubicarme y disfrutar de esta publicación.